DICHO POR ROCHA

Por José Guadalupe Rocha Esparza

Tragedias mineras

La minería vuelve a mostrar su rostro más crudo: el de hombres que descienden cada día, sabiendo que la tierra puede cerrarse sobre ellos sin aviso. Los cerros o las montañas no gritan cuando se rompen; se colapsan, se hunden o se derrumban en silencio. Y ese silencio sepulta túneles, tumbas anticipadas, socavones de mineros y luego pueblos de viudas.

La minería, una actividad peligrosa, siempre riesgosa, sujeta a gases inflamables, planchones, ventilación insuficiente, caídas de roca, explosivos, sudando la gota gorda, pasando la pena negra en medio de sustos, sinsabores, sufrimientos, oscuridad, espera, sabor a polvo en la garganta, lágrimas, silicosis, picos, barrenos, vagonetas, incertidumbre.

El 31 de marzo de 1969, en Barroterán, Coahuila, la acumulación de gas grisú, mató a 153 mineros. Ahora, la geomembrana de una presa de jales, llenó de lodo los túneles de la mina Santa Fe, en la Sierra de El Rosario, Sinaloa, el pasado 25 de marzo, mientras brigadistas buscan a los mineros atrapados, como lo intentaron en Pasta de Conchos hace 20 años (2006).

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