
Tepic.- Aquella tarde salí de la llamada “minirrectoría” de la Universidad Autónoma de Nayarit, ubicada entre las calles Juárez y San Luis. Después de conversar con el nuevo rector, Javier Castellón, comprendí que debía poner en pausa, al menos por el momento, mi intención de cursar otro grado académico y convertirme en investigador universitario. Debo confesarlo: ese había sido mi primer sueño. La política, aunque participaba en ella desde los quince años, vendría después.
En la esquina de Juárez y San Luis nos despedimos mis compañeros de generación —Karla, Ricardo, Laura y Ramón—. Luego caminé unos cuantos pasos e ingresé a la antigua sede del Comité Ejecutivo Estatal del PRD, ubicada en el Hotel Juárez, propiedad de Salvador Castañeda Oconor. Subí las escaleras y me encontré con Arturo Marmolejo Rivera, quien en ese momento era dirigente estatal del partido.
Me habló con la franqueza que lo caracterizaba:
—Ya deja la universidad. Ahí no tienes ruta. Vente e incorpórate de lleno al partido.
Después colocó una convocatoria sobre su escritorio y añadió:
—Léela. Si te animas, todavía está el contador Juan Carlos y, en la esquina opuesta de Palacio de Gobierno, sigue abierta una casa de cambio. El partido te apoya con los gastos. Hay un ómnibus que sale a las ocho y media de la noche. Vete a preparar.
Era la convocatoria para ingresar al Instituto Nacional de Formación Política, creado por Andrés Manuel López Obrador.
Lo primero que pensé fue que, si mi camino en la universidad estaba cerrado —pues había sido vetado por el dirigente de la Federación de Estudiantes de aquel tiempo—, tendría que tomar otra ruta. En realidad, no tenía otra opción.
Pedí un teléfono de esos viejitos y marqué a la casa de mis padres. Mi madre contestó. Le pedí que preparara una maleta o una mochila con ropa y lo más indispensable.
—Voy a la Ciudad de México a un curso —le dije.
Esa misma noche, a las ocho y media, abordé aquel ómnibus sin imaginar que ese viaje cambiaría para siempre el rumbo de mi vida.
Ahí comenzaría una gran historia.
La imagen que hoy comparto fue tomada durante la clausura de aquel curso y me llena profundamente de orgullo. En ella aparecen compañeras y compañeros que, con el tiempo, se convirtieron en amigas y amigos de lucha. También aparecen dos personas extraordinarias: la maestra Raquel Sosa Elízaga, directora del Instituto Nacional de Formación Política, y nuestro líder histórico, Andrés Manuel López Obrador, entonces presidente nacional del partido.
A veces la vida nos cierra una puerta justo cuando está a punto de mostrarnos un camino más amplio. Aquella tarde dejé atrás mi primer sueño, subí unas escaleras, leí una convocatoria y tomé un autobús rumbo a lo desconocido. Sin saberlo, estaba comenzando la historia que habría de marcar mi vida. Cosas de la vida. Recordar es volver a vivir.
Esta fotografía guarda un significado muy especial para mí.
Cuando estudiaba en el Instituto Nacional de Formación Política, tuvimos la oportunidad de visitar San Lázaro, sede de la Cámara de Diputados. Recorrimos el recinto del Pleno y conocimos el Salón Legisladores de la República. Al finalizar la visita, nos tomaron esta fotografía y nos la entregaron como recuerdo.
Semanas después, al regresar a Nayarit, la encontré dentro de mi maleta. Se la entregué a mi mamá y le dije:
—Madre, guárdamela. Un día voy a traerte una de a de veras.
Veinte años después, aquel sueño se hizo realidad. Regresé a San Lázaro como diputado federal, formando parte de la primera Legislatura de la Transformación y acompañando al presidente Andrés Manuel López Obrador en uno de los momentos más importantes de la historia de México.
Esta imagen me recuerda que los sueños, cuando se persiguen con convicción, trabajo y esperanza, pueden hacerse realidad.
Recordar es, sin duda, volver a vivir.