Por: Aquiles Córdova Morán

Neoliberalismo y globalización

Aquiles Córdova Morán

Como bien se sabe, la economía capitalista (la norteamericana para ser precisos) se vio obligada a introducir cambios significativos en su modo de operar a raíz de la terminación de la Primera Guerra Mundial. Dos fueron las razones fundamentales: el llamado “Crack del 29” y la revolución rusa encabezada por Lenin y su partido. La gran crisis económica que estalló en 1929, provocó severos problemas a la economía norteamericana, entre ellos una gran inflación y el despido masivo de miles de trabajadores que se quedaron en la calle de la noche a la mañana. El desempleo masivo, agravado por la elevación de los precios de los satisfactores básicos, provocó que masas populares que crecían a cada hora voltearan hacia el socialismo soviético en busca de una salida a sus lacerantes carencias y, en consecuencia, que se declararan simpatizantes del socialismo que enarbolaban los bolcheviques. Había que hacer algo, y rápido, para prevenir el incendio que se veía venir y, por supuesto, para combatir la profunda crisis en que se hallaba sumida la economía. Fue así, y fue por eso, que el presidente Franklin D. Roosevelt, apenas asumió la presidencia de los Estados Unidos en 1933, lanzó su famosa política del New Deal. Esa política, además de tomar medidas anticrisis como reforzar el proteccionismo económico para proteger a las empresas nacionales y evitar su quiebra y mayores despidos, también buscó paliar el desempleo y la pobreza de las grandes masas trabajadoras. Se crearon programas de empleo temporal como el conocido WPA, a través del cual, además, se repartían generosas dotaciones gratuitas de alimentos y otros productos de primera necesidad. Pero, al mismo tiempo, se implantaron medidas más serias y permanentes, como el seguro médico, el seguro social, la educación gratuita, la vivienda popular, las pensiones de jubilación y otras semejantes, con lo cual se reforzó el exiguo salario de los trabajadores. Lo más significativo en materia laboral, sin embargo, fue quizá la política sindical. El presidente Roosevelt no solo permitió la organización gremial de los obreros, sino que la alentó declarando el reconocimiento legal de la misma y la plena disposición de su gobierno a negociar y a pactar con sus líderes. Esto se tradujo, naturalmente, en una mejora sustancial y continua de las condiciones de trabajo en las fábricas: ambiente sano, ropa de trabajo adecuada, seguridad en el empleo, atención oportuna y de calidad para las enfermedades y accidentes laborales y, por encima de todo, en una mejora sostenida de los salarios y prestaciones. El resultado final fue un reparto equitativo y equilibrado de la renta nacional, causa de la “grandeza de la nación” en aquellos años, según la opinión de varios economistas destacados. Esta política se mantuvo, bajo distintos nombres y con no pocos cambios y ajustes, hasta la llegada al poder de Ronald Reagan, en Estados Unidos, y Margaret Thatcher, en la Gran Bretaña. En ese momento se conjuntaron, otra vez, dos factores que permitían y exigían un giro de la política del “estado de bienestar” hacia un “neoliberalismo” descarnado, que es el que hoy estamos viviendo. El primero de esos hechos consistió en que los grandes capitales monopólicos que dominaban y dominan la economía mundial, se quejaban de una muy insuficiente tasa de ganancia que, además, mostraba una clara tendencia a la baja, lo cual, según ellos, ponía en riesgo la continuidad del sistema. El segundo hecho fue que todos los aparatos de inteligencia de las potencias occidentales coincidían en diagnosticar, como inevitable y muy próximo, el derrumbe estrepitoso del sistema socialista euroasiático, encabezado por la URSS. Según los líderes del capital, la causa de sus bajas utilidades era, precisamente, la política del “estado de bienestar”, es decir, los elevados salarios y prestaciones de los trabajadores, situación que amenazaba no solo con eternizarse, sino incluso con acentuarse ante la capacidad de presión de los sindicatos, protegida por las leyes en la materia. Por otra parte, el peligro de un giro de la opinión hacia el socialismo, que en época de Roosevelt fue determinante para su política del New Deal, podía descartarse con toda seguridad, tanto por los estragos a su prestigio causados por la guerra fría, como por su incapacidad intrínseca para proporcionar bienestar a las masas. Era hora de desechar prejuicios y temores sin base y volver al origen del éxito de la economía del capital: dejar todo en manos del mercado y de sus leyes inmanentes, para que su “mano invisible” se encargara de la producción y la distribución de la riqueza, sin interferencias perturbadoras del poder del Estado. En síntesis, volver al “laissez faire, laissez passer”. Así se hizo; y el resultado es la brutal concentración de la riqueza y el incontenible crecimiento de la pobreza que todos vemos hoy y que, ahora sí, ponen en riesgo la continuidad del sistema. Muchas cosas que vemos en nuestros días (y otras más que no vemos) y que se nos venden como logros y progresos hacia el bienestar “de todos”, tienen en realidad el mismo origen y el mismo propósito: reimplantar a rajatabla el laissez faire, el “fundamentalismo de mercado”, descargando al Estado de su obligación de intervenir oportuna y mesuradamente para corregir los errores y desviaciones que puedan perjudicar a los más débiles, y reduciendo su papel al de simple garante del buen funcionamiento de la libre empresa y de sus altas tasas de ganancia. Políticas implantadas a fortiori, como el “equilibrio” del gasto público y cero endeudamiento, sin medir su impacto sobre el crecimiento económico, la recaudación fiscal y el empleo; la rigurosa contención de la inflación, para evitar perturbar los cálculos empresariales y bancarios; la “autonomía” de la banca central, que arranca de manos de los gobiernos las decisiones fundamentales de política monetaria y de crédito; la “flexibilidad laboral”, que deja a los obreros indefensos ante el capital; la práctica extinción del derecho de huelga e incluso de los mismos sindicatos, son todas maniobras complejas para beneficiar un neoliberalismo ajeno a todo compromiso social y volcado enteramente al capital privado. Pero hay más. Muchos hablan de globalización y de libre mercado como si fueran sinónimos. Es un grave error. El libre mercado viene de muy atrás; fue iniciado y propugnado por Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo XIX, para poder dar salida a un excedente económico creciente que amenazaba con ahogar su economía. En la actualidad, con la gran diversidad de mercancías producidas que arrastra tras de sí las propias necesidades y deseos humanos, el comercio mundial libre es, ciertamente, una necesidad universal. Ningún país puede alcanzar la autosuficiencia absoluta; todos tienen necesidad de comprar y vender algo en el mercado mundial para poder funcionar. La globalización, en cambio, es otra cosa. La teoría de la globalización, acabada y redondeada hasta en sus mínimos detalles, es un fruto envenenado del neoliberalismo rampante. A este le resulta indispensable para barrer por completo, no las defensas arancelarias y legales de un país, como el libre mercado, sino cualquier obstáculo que se oponga a los intereses de los grandes monopolios y trusts industriales y bancarios. El neoliberalismo exige una clase trabajadora sumisa y sin derechos de antigüedad o de inamovilidad en el empleo; con cero prestaciones o lo más mezquinas que se pueda, con salarios congelados o cuya mejora esté plenamente sometida a las altas tasas de ganancias. Este enfoque lleva en su entraña, aunque pocos lo noten, la idea de que el Estado nacional, con sus políticas particulares propias, es decir, ajenas al interés neoliberal, es un obstáculo que debe ser suprimido en favor de un Gobierno mundial en manos del gran capital, para asegurar sus inmensos intereses comerciales y financieros. Un gobierno nacional (y peor aún, nacionalista) que busque aplicar una política de protección sindical y salarial, desarrollar la vivienda popular, la educación gratuita y masiva, la medicina para todos, la ciencia y la investigación nacionales, etc., es un peligro y, por lo tanto, un enemigo a vencer para los neoliberales. Todos los tratados internacionales que limitan, o de plano eliminan las facultades decisorias de los gobiernos nacionales sobre cuestiones tales como el modelo económico a aplicar, la ecología, las finanzas y la política fiscal, los derechos humanos, las leyes y su aplicación o la democracia interna, están socavando, disimulada pero eficazmente, la existencia del Estado nacional para poner todo eso en manos de tribunales y organismos internacionales totalmente ajenos a las carencias, necesidades y deseos de los pueblos. Globalización es, pues, entre otras cosas, guerra al nacionalismo y al Estado nacional. El sistema neoliberal que hoy nos domina es, así, una inmensa y tupida red universal de poderes fácticos económicos, políticos y militares, mucho más poderosa que cualquier país aislado, incluidos los más ricos y desarrollados; una red teórica y militarmente fundada y defendida por miles de deshumanizados Think Tanks, bien preparados y entrenados para ello. Ellos lo controlan y supervisan todo en cada rincón del planeta, y no permiten ni autorizan nada que no abone en favor de sus intereses. Esto incluye, por supuesto, tratados como el T-MEC o negocios frustrados como el NAIM de Texcoco. Desafiar por ignorancia o arrogancia a este poder, sin tomar las debidas precauciones, puede acarrear consecuencias devastadoras para un país como el nuestro. Y ahí está Venezuela para probarlo. Nuestra declaración de “abolición” del neoliberalismo mexicano “desde Palacio Nacional”, mientras suplicamos por la aprobación del T-MEC o por la no aplicación de aranceles a nuestros productos, además de una contradicción flagrante debe parecerles, por ahora, a estos grandes genios del poder y la maldad, si no un dislate, sí al menos una conmovedora ingenuidad. ¿O no?

¿Fin de la empresa privada o propaganda electoral?

 Aquiles Córdova Morán

Con fecha 20 de febrero, EL UNIVERSAL publicó una nota firmada por el reportero Pedro Villa y Caña con el siguiente título: “A robar a otro lado, México ya no es tierra de conquista: AMLO a empresas extranjeras”. En el texto se dice: “El presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que en sexenios pasados empresas extranjeras del sector energético utilizaban al gobierno para sacar provecho, por lo que veían a México como tierra de conquista, pero aseguró que eso se terminó y manifestó: <<a robar a otro lado>>”. La nota está fechada en la Paz, Baja California Sur.

Si se piensa un poco el pronunciamiento presidencial, resulta claro que se trata de un reto de enorme repercusión en el presente y el futuro de la nación. Para entender sus implicaciones, hay que aceptar que ese discurso encuentra cierto apoyo en una realidad que muchos mexicanos conocen o intuyen y que les molesta y lastima profundamente. Me refiero al muy visible predominio del capital extranjero en las principales ramas de la actividad industrial, la Banca y el comercio del país, un predominio que le garantiza muchos privilegios y abusos en detrimento de la equidad social y de la soberanía nacional.

En teoría, la inversión privada extranjera acarrea grandes beneficios a los países en desarrollo, por ejemplo, impulsa el crecimiento económico gracias a la transferencia de tecnología; genera empleos e incentiva la creación y modernización de infraestructura. En la práctica, sin embargo, se ha comprobado que no es así. No hay un solo ejemplo de país que haya salido de su rezago tecnológico gracias a la transferencia de tecnología de punta de los países avanzados; el capital extranjero distorsiona el crecimiento económico del país huésped forzando su aparato productivo a volcarse hacia el mercado exterior con total abandono de la demanda interna. Algo semejante ocurre con la infraestructura, que debe diseñarse y ejecutarse en función de las necesidades de exportación y no de las del propio país; y la generación de empleos es ilusoria, porque la inversión extranjera se aplica a las industrias altamente tecnificadas y automatizadas que, por eso, demandan poca mano de obra. Se suele citar a las maquiladoras como ejemplo en contrario, pero se olvida que también son ejemplo de bajos salarios, sobreexplotación de la mano de obra e inestabilidad en el empleo. Otro efecto negativo, que de alguna manera toca el discurso presidencial, es su gran influencia política que le ha permitido acaparar nuestra industria extractiva, con muy bajas regalías para el país y con severas afectaciones al medio ambiente.

 Es posible, como dije, que estas y otras razones parecidas se hallen en el fondo del rechazo y la condena presidencial a los inversionistas extranjeros del sector energético; pero lo que sí es seguro es que mucha gente, que sabe o intuye esta realidad y se siente ofendida por ella, se identificará con la frase lapidaria del Presidente: “¡a robar a otro lado!” y, por eso mismo, resulta bastante eficaz y oportuno como recurso para hacer proselitismo electoral. Pero visto como síntesis de su política económica, como piedra fundamental de su estrategia para recuperar la soberanía nacional, es un peligroso error del que pueden derivarse graves daños y conflictos para el país. Veamos por qué.

Lo primero que habría que preguntarle al Presidente es el porqué de la evidente parcialidad de su juicio porque, si lo que dijo en Baja California Sur lo piensa en serio, debería aplicarlo a toda la inversión extranjera y no solo a la del sector energético. ¿O qué, las automotrices, las fabricas de componentes para la producción de los gigantes digitales y para la industria militar y espacial norteamericanas, los grandes capitales bancarios y comerciales, etc., no sacan provecho de los mexicanos y no influyen en la política nacional? ¿Son acaso fundaciones humanitarias sin propósitos de lucro o con exclusiva vocación de servicio social? ¿Podemos pensar seriamente en que para ser un país realmente soberano basta con poner el petróleo y la electricidad en manos del Estado mexicano? Y más todavía: debería aplicarlo a la misma inversión nacional por las mismas razones que a toda la inversión extranjera.

De este modo, ampliado el juicio presidencial hasta abarcar su dominio lógico completo, se pone en evidencia la férrea disyuntiva que encierra: o bien se acepta como un juicio parcial y, por tanto, erróneo y destinado al fracaso; o bien es un recurso retórico para esconder a los mexicanos su intención de erradicar la inversión privada como tal en nuestro país, es decir, destruir el sistema capitalista para poner en su lugar un sistema nuevo que el país desconoce. Sería, por tanto, un proyecto social que busca imponerse por sorpresa o a la fuerza, mediante una dictadura personal secundada solo por la claque morenista y, tal vez, por una parte de nuestras fuerzas armadas.

Dije en mi artículo de la semana pasada que la corrupción, correctamente entendida, es siempre redistribución (ilegal) de una riqueza previamente producida. ¿Producida dónde, cómo y por quién? En nuestro mundo actual, puede afirmarse que la riqueza se produce, aquí y en China, en las fábricas y en el campo, gracias al trabajo de los productores directos que son, y han sido siempre, los obreros y los campesinos. La característica del capitalismo desde este punto de vista consiste en que las fábricas y la tierra, al menos la de mejor calidad, son de propiedad privada, pertenecen a una persona física o moral y, por tanto, la riqueza que se produce en ellas es también de su propiedad. Como dijo Marx, la diferencia entre el artesano feudal y el capitalista moderno radica en que el primero basa su derecho de propiedad sobre la mercancía fabricada por él en el trabajo; mientras en el segundo se apoya en la propiedad de los medios y los recursos con que se produce. El artesano podía decir: esta mesa es mía porque yo la hice; el burgués dice: este lote de zapatos es mío porque todos los recursos con que se fabricó, incluido el trabajo del obrero, son míos, yo los compré con mi capital.

Y es ese cambio operado en la fuente del derecho sobre la riqueza social, lo que permite al capitalista apoderarse de ella y concentrarla en sus manos. Es un derecho que, bien entendido, no le otorgó nadie sino que surge del desarrollo mismo del modo de producción, es decir, del modo en que la sociedad se organiza para producir los bienes y servicios que necesita para vivir y reproducirse. No se trata, pues, de un problema moral o de derecho civil o penal, y es un disparate llamar robo al máximo provecho que saca el capitalista de un sistema social diseñado para él. El reparto equilibrado de la riqueza social tampoco es un problema de moral o de justicia abstracta, es una necesidad del sistema que, llegado a cierto nivel crítico de desigualdad, se da cuenta de que necesita de tal redistribución para seguir funcionando con seguridad, como acaba de recordarnos Klaus Schwab, Presidente Ejecutivo del Foro Económico Mundial, con su proyecto del “Gran Reinicio”. Aun en este caso, el reparto no obedece nunca a la buena voluntad de los capitalistas o del Estado; es un problema objetivo que se resuelve mediante la confrontación de fuerzas objetivas: la de la clase patronal y la de la clase obrera y el pueblo en general.

El otro camino para evitar, no ya la excesiva concentración de la riqueza sino el acaparamiento privado de la misma, es la supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción, fuente del derecho del capital para adueñarse del producto del trabajo ajeno, y transformarlos en propiedad de los productores directos. Con este cambio, ya no es el capitalista sino el obrero el que puede decir: esto es mío porque lo hice yo con mis propios medios y recursos. Pero esto, que en teoría parece claro y sencillo, en la práctica ha resultado muy complejo y difícil de realizar. Después de 104 años desde que Lenin y su partido llevaron a cabo la “expropiación de los expropiadores” en octubre de 1917, hoy la humanidad sabe que es un error suprimir de tajo la propiedad privada y sustituirla sin más por la propiedad social. Rusia, por un camino traumático del que aún no acaba de reponerse; China por un golpe de timón menos aparatoso tras la muerte de Mao y el arribo de Deng Xiaoping al poder en 1978; Cuba, ahora bajo la presidencia de Díaz-Canel, han acabado reconociendo esta verdad y han tenido que retroceder algunos pasos para abrir espacio al mercado y a la producción privada y, de ese modo, reforzar sus economías y salvar sus conquistas sociales.

La lección es dura pero irrefutable: los socialistas no deben suprimir voluntaristamente y de un solo golpe la propiedad privada, si no quieren fracasar rotundamente en sus propósitos de reivindicación social. Una vez conquistado el poder por las clases trabajadoras, lo que se debe hacer es poner en ejecución un plan científicamente elaborado donde se precisen las metas económicas y sociales de corto y mediano plazo que, además, esté claramente al servicio de las metas estratégicas de largo plazo del país y del pueblo trabajador. Este plan debe incluir sin falta al sector privado de la economía, buscando armonizarlo con el resto del plan sin restringir su libertad ni poner obstáculos artificiales a su inevitable tendencia a la máxima ganancia. Su control y regulación, absolutamente necesarios en la nueva economía, tienen que ser los límites y las metas del propio plan nacional de desarrollo. Solo así será posible el aprovechamiento de las ventajas y capacidades del capital para producir riqueza con la máxima eficiencia y con los menores costos posibles. Con el poder político en manos del pueblo trabajador, se puede lograr que el capital privado se convierta en una poderosa palanca en la generación de riqueza y bienestar para todos.

En México estamos a tiempo de lograr un acuerdo entre el poder público y la empresa privada sobre la base de un plan nacional de desarrollo que elimine los extremos de miseria y riqueza, dé un impulso poderoso al desarrollo de la economía nacional y eche las bases, sólidas y firmes, para la conquista de la verdadera soberanía nacional. Desde esta perspectiva, el grito radical del presidente puede ser un éxito propagandístico, pero como síntesis del proyecto revolucionario que México necesita, es un error y un grave riesgo que acabará pagando el pueblo.

La verdadera debilidad de la alianza “Va por México”

 Aquiles Córdova Morán

Le han llovido críticas a la alianza PAN-PRI-PRD por sus respectivas listas de candidatos a diputados plurinominales, es decir, que no tendrán que someterse al juicio de las urnas. Aquí, algunos ejemplos.

Proceso.com.mx en la columna de Álvaro Delgado del 3 de febrero: “PAN incluye en listas plurinominales a caciques, burócratas, familiares y amigos de dirigentes”. Luego, hace un resumen biográfico de los principales integrantes de la lista que resulta, por lo menos, desalentador. Forbes MÉXICO del 4 de febrero dice: “Dirigentes del PRI se «apañan» primeros lugares de diputaciones plurinominales”, y detalla: “Alejandro Moreno Cárdenas, presidente del Comité Ejecutivo del PRI, Carolina Viggiano, secretaria general del Partido, así como Laura Haro y la secretaria de Vinculación, ocupan los primeros lugares de la lista plurinominal, lo que garantiza su llegada de manera directa a la Cámara de Diputados.” Menciona en seguida a Ismael Hernández Deras, exgobernador de Durango, presidente de la CNC y actual diputado, y a Rubén Moreira Valdés, exgobernador de Coahuila, diputado y esposo de Carolina Viggiano entre otros. Por mi parte, aclaro que la lista sí incluye nombres nuevos, al parecer de indígenas, afrodescendientes y otras minorías, pero casi todos en posiciones sin posibilidad de llegar al Congreso, entre ellos algunos antorchistas.

Templo Mayor de REFORMA del 5 de febrero dice: “¡QUÉ BARBARO! ¿Se acuerdan de cómo le fue al PRI cuando Roberto Madrazo se agandalló el partido? Bueno, pues algo similar es lo que hizo Alejandro «Alito», Moreno con las candidaturas plurinominales. Las repartió entre sus cercanos, sus muuuy cercanos y hasta para él mismo: sin tantito pudor, el campechano se puso en el primer lugar.” Por último, cito la nota de Horacio Jiménez en El Universal del 6 de febrero: “Van contra Morena con «dinosaurios» y cartuchos quemados” y como subtítulo: “Alianza Va por México rescata a «impresentables» y «dinosaurios» para quitarle la mayoría a Morena; siguen dando continuidad a «amiguismos» y «compadrazgos» critican los especialistas”. Para completar el panorama, hay que decir que lo mismo ocurre en los dominios de Morena, donde abundan los “cartuchos quemados” tanto en el actual Gobierno como entre los que aspiran a cargos de elección popular, en este 2021 y en elecciones futuras. Aun así, es preocupante la unánime descalificación de las y los candidatos de la alianza (con excepción del PRD). Nadie en sus cabales puede desdeñar el impacto de tal descalificación en la opinión pública y, por tanto, en los resultados de la elección.

Sin embargo, en honor a la verdad, nuestro punto de vista va más allá: México no necesita caras nuevas sino ideas nuevas, es decir, un proyecto de país que renueve y supere al que hemos venido construyendo durante todo el siglo XX y lo que va del XXI, necesidad que se hace más urgente en vista del desastre por el que nos conduce Morena. Un proyecto de país basado en el conocimiento exacto de las causas del descontento social que exaltó al poder a López Obrador y que ofrezca soluciones racionales, eficaces y sólidamente fundadas a tal descontento. De nada sirven caras nuevas con ideas viejas, aunque se acepte que la gente joven es más proclive al cambio y a la innovación. Ahora bien, ¿cuál es la causa de la reticencia de los partidos a generar un proyecto de país capaz de entusiasmar a los electores? A mi juicio, se trata de la visible decadencia de toda la clase política mexicana, de la cual Morena y su mal Gobierno son una prueba irrefutable.

La decadencia de los priistas surge del prolongado ejercicio centralizado del poder durante todo el siglo XX, lo que herrumbró su capacidad de análisis y de lucha. Eric S. Thompson, hablando de la decadencia de la civilización maya después de 250 años de dominio absoluto de los cocomes de Mayapán, dijo: “Un poder prolongado y centralizado genera necesariamente corrupción y engendra lentitud mental”. Con la llegada del modelo neoliberal, toda la clase política mexicana perdió los últimos y débiles restos de pensamiento crítico y analítico que le quedaban, pues todos los problemas y las soluciones se confiaron a la “mano invisible” del mercado. En el PAN, la atrofia nace de que sus nuevas generaciones se niegan a reconocer que México y el mundo han cambiado mucho desde la época de sus fundadores. Se aferran al fundamentalismo conservador que los ha caracterizado desde 1929. La excepción, otra vez, es el PRD. Ellos poseen una filosofía coherente del mundo y la sociedad y hacen esfuerzos por aplicar el pensamiento científico a los problemas, pero su inmersión absoluta en las lides electorales con exclusión de la lucha de masas, ha acabado por obnubilar su mirada crítica y transformadora.

La decadencia impide a todos jugar el papel de verdadera oposición al gobierno de López Obrador, un gobierno que da material de sobra para reducirlo a su verdadera estatura intelectual y política en muy poco tiempo. No lo han hecho; han preferido las críticas parciales, los pinchazos esporádicos en busca de mejores condiciones para negociar pequeñeces y asegurar su sobrevivencia política en espera de mejores tiempos. Parecen no darse cuenta de que el fracaso del neoliberalismo es ya un consenso mundial; ignoran voluntariamente lo que dice Stiglitz: “Tres motivos resonaban por todo el mundo: que los mercados no estaban funcionando como se suponía que tenían que hacerlo, ya que a todas luces no eran ni eficientes ni estables; que el sistema político no había corregido los fallos del mercado; y que los sistemas económico y político son fundamentalmente injustos ( Joseph Stiglitz, El precio de la desigualdad, p. 25). Y más adelante agrega:

 “Los apologistas de la desigualdad –y hay muchos (como en México, ACM)-  rebaten con el argumento de que dar más dinero a los de arriba beneficia a todo el mundo, en parte da lugar a un mayor crecimiento. Se trata de una idea denominada teoría económica del goteo. Tiene un largo pedigrí y hace tiempo que está desacreditada (…) una mayor desigualdad no ha dado lugar a más crecimiento y, de hecho, la mayoría de los estadounidenses ha visto como sus ingresos disminuían o se estancaban”. Lo que en realidad ocurre “… es lo contrario de la teoría económica del goteo: las riquezas que se han acumulado en los más altos se han producido a expensas de los de más abajo.” (obra citada, p. 53) Es fácil ver que en México ocurre lo mismo, solo que potenciado por su carácter de economía pequeña, subdesarrollada y dependiente.

Pero oigamos la voz autorizada y actual de Vladímir Putin, presidente de la Federación de Rusia, uno de los políticos más completos, sagaces e informados del planeta, ante el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza: “A juzgar por las estadísticas, incluso a pesar de las profundas crisis de 2008 y 2020, el periodo de los últimos cuarenta años puede considerarse exitoso o incluso súper exitoso para la economía mundial. Desde 1980, el PIB per cápita mundial (…) se ha duplicado. Este es definitivamente un indicador positivo.” Sin embargo, “Durante los últimos 30 años, en varios países desarrollados, los ingresos de más de la mitad de los ciudadanos (…) se han estancado y no han aumentado. Pero el costo de los servicios de educación y salud ha aumentado. ¿Y saben ustedes cuánto? Tres veces. Es decir, millones de personas, incluso en los países ricos, han dejado de ver la perspectiva de incrementar sus ingresos. Al mismo tiempo, se enfrenta a problemas: cómo mantenerse sanos a ellos mismos y a sus padres, cómo brindar una educación de calidad a los niños.” Cualquier parecido con nuestra realidad es, por supuesto, cualquier cosa menos pura coincidencia.

El presidente Putin dice: “… la pregunta principal (…) es (…) quién recibió el principal beneficio de esto (se refiere al crecimiento exitoso de la economía y del PIB mundiales antes mencionados)”. Y responde: “La respuesta es conocida, es obvia, el uno por ciento de la población” (las negritas son de ACM). Para él no hay duda  de que tal injusticia se debe al llamado «Consenso de Washington»”, es decir, al neoliberalismo salvaje impuesto a los pueblos del mundo por el imperialismo mundial. Añade: “Es claro que el mundo no puede seguir el camino de construir una economía que funcione para un millón (…). Es una actitud destructiva. Este modelo es por definición, inestable”. Se requiere un modelo nuevo y superior que garantice el bienestar de todos. Y propone:

 “Primero, una persona debe tener un entorno de vida cómodo. Se trata de vivienda e infraestructura accesible: transporte, energía, servicios públicos. Y, por supuesto, el bienestar ambiental, esto nunca debe olvidarse. Segundo. Una persona debe estar segura de que tendrá un trabajo que le proporcionará un ingreso en constante crecimiento y, en consecuencia, un nivel de vida decente. Debe tener acceso a mecanismos de aprendizaje efectivos a lo largo de su vida (…) que le permita desarrollar y construir su carrera, y luego de su culminación, recibir una pensión digna y un paquete social. Tercero. Una persona debe estar segura de que recibirá una atención médica eficaz y de alta calidad cuando se requiera, que el sistema de salud en cualquier caso le garantice el acceso al nivel moderno de servicios. Cuarto. Independientemente de los ingresos de la familia, los niños deben poder recibir una educación decente y desarrollar su potencial. Cada niño tiene este potencial” (Ver EL PAÍS DIGITAL del 27 de enero).

No hay duda: el mundo necesita cirugía mayor, pero nuestros políticos no lo ven así. A los antorchistas, en cambio, nos parece inaudito que quiera llevarse a cabo, hoy, una campaña electoral para renovar la H. Cámara de Diputados sin ofrecer a las masas una alternativa de país y de vida distintos y mejores para todos, semejante a los cuatro puntos que propone el Presidente Putin. Sencillamente absurdo e inaceptable. Por eso creemos que este es el verdadero error de la alianza Va por México, error o carencia que, aunque no sea su intención, reduce su propuesta a una simple vuelta al pasado que el pueblo ya rechazó y al que no desea volver, salvo que se le engañe y manipule para ocultarle la verdad. Y eso tampoco honraría a los partidos aliancistas.

Ante la crisis del capitalismo mundial, urge implantar un modelo económico que resuelva las necesidades humanas

  • Imposible que millones de personas vivan mejor, si no se organizan y llegan al poder para modificar la mala distribución de la riqueza.

Por Aquiles Córdova Morán

Tras referirse a la celebración del Foro Económico de Davos, realizado de manera virtual, -donde se discutió una salida a la crisis del modelo capitalista, agudizada tras la pandemia de Covid-19-, el líder nacional del Movimiento Antorchista, Aquiles Córdova Morán, afirmó que “acabar con la desigualdad y repartir la riqueza en forma más equilibrada es del todo imposible si nos mantenemos prisioneros del modelo capitalista de economía”, por lo que saludó la alternativa planteada por el presidente Ruso, Vladímir Putin, para un proyecto de país que ponga al ser humano no como un medio, sino como el fin último que puede justificar una nueva sociedad.

Al referirse al documento “Ahora es el momento de un <<gran reinicio>>”, de la autoría de Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial y uno de los primeros y principales ideólogos del llamado “Cambio de época posmoderno” o “Cuarta Revolución Industrial”, analizado por los líderes mundiales y economistas que acuden a dicho foro, el líder social planteó que Schwab expone la propuesta de las gigantescas trasnacionales ante la crisis del sistema capitalista y aboga por un reseteo o reinicio basado en la tecnología digital y otras medidas que dejan intacta la mala distribución de la renta mundial.

Si bien Schwab reconoce, afirmó Córdova Morán, que la crisis consiste en la escandalosa concentración de la riqueza mundial en manos de una reducidísima élite de mega billonarios, mientras la pobreza de la mayoría de los seres humano crece y se ahonda hasta límites insostenibles, minando la estabilidad y la permanencia del modelo capitalista, su documento no toca en absoluto la ley fundamental del capitalismo, es decir, la explotación del trabajo asalariado de donde brota la ganancia del capitalista. “Ni siquiera da señales de entender que no se trata de una cuestión moral o de algo que puede concederse a o no a los trabajadores, sino de una necesidad imperiosa del buen funcionamiento del sistema en su conjunto, es decir, tanto del trabajo asalariado como del capital” dijo el luchador social. Y es que bajo la lógica del llamado “reseteo” del capitalismo, se aplaude que la gente más miserable, con menos recursos para hacer frente a la Covid-19 y al desempleo, esté dispuesta a sacrificar a los sectores más vulnerables de la población (padres y parientes ancianos) como muy favorable para el éxito de un capitalismo refundado, aunque sea motivo de horror y rechazo, indicó Córdova Morán; además, omite que reduciendo la población trabajadora al mínimo, reduce también la fuente de su ganancia e incluso elimina consumidores de mercancías y, por tanto, la posibilidad de transformar sus ganancias en dinero.

En ese sentido, saludó la visión expuesta en el foro mundial por el presidente ruso, Vladimir Putin, para quien la salida no es la refundación del capitalismo sino una economía con oportunidades para todos, en la que plantea 4 puntos: Entorno de vida cómodo, trabajo, atención médica de calidad y educación, aspectos que, dijo, su organización política ha expuesto como parte de su alternativa al neoliberalismo en México a lo largo de 46 años de trayectoria. El mandatario ruso contrastó que, a pesar de las crisis de 2008 y la actual detonada por el coronavirus, el PIB se duplicó a partir de 1980, por lo que países en desarrollo, sacaron a más de mil millones de personas de la pobreza, entre ellos China y Rusia, mientras que en potencias como Estados Unidos solo se agudizó la pobreza.

La lógica de mercado, con la aplicación de más tecnología, adelantó, solo es la antesala de mayor desempleo y, por tanto, de más pobreza. El líder social resaltó que la coincidencia no es casual ni oportunista. Respaldar la postura de Rusia, como polo opuesto a la posición apologética, reaccionaria y deshumanizada de Schwab, nace de ver a los seres humanos de México y el mundo, “no como un medio, no como carne de explotación, sino como el fin último y único que puede justificar la existencia de la sociedad humana y del arte del buen gobierno de dicha sociedad”.

Tras un análisis exhaustivo de las posiciones políticas vertidas en dicho foro, Córdova Morán llamó al pueblo mexicano a conocer sobre estas propuestas y a los antorchistas a seguir educando y organizando al pueblo para la conquista democrática del poder del país, pues, “sin él será imposible poner en práctica nuestro proyecto de país” y demostrar que la coincidencia no es solo discursiva, finalizó.

La verdadera debilidad de la alianza “Va por México”

Por Aquiles Córdova Morán

Le han llovido críticas a la alianza PAN-PRI-PRD por sus respectivas listas de candidatos a diputados plurinominales, es decir, que no tendrán que someterse al juicio de las urnas. Aquí, algunos ejemplos. Proceso.com.mx en la columna de Álvaro Delgado del 3 de febrero: “PAN incluye en listas plurinominales a caciques, burócratas, familiares y amigos de dirigentes”. Luego, hace un resumen biográfico de los principales integrantes de la lista que resulta, por lo menos, desalentador. Forbes MÉXICO del 4 de febrero dice: “Dirigentes del PRI se «apañan» primeros lugares de diputaciones plurinominales”, y detalla: “Alejandro Moreno Cárdenas, presidente del Comité Ejecutivo del PRI, Carolina Viggiano, secretaria general del Partido, así como Laura Haro y la secretaria de Vinculación, ocupan los primeros lugares de la lista plurinominal, lo que garantiza su llegada de manera directa a la Cámara de Diputados.” Menciona en seguida a Ismael Hernández Deras, exgobernador de Durango, presidente de la CNC y actual diputado, y a Rubén Moreira Valdés, exgobernador de Coahuila, diputado y esposo de Carolina Viggiano entre otros. Por mi parte, aclaro que la lista sí incluye nombres nuevos, al parecer de indígenas, afrodescendientes y otras minorías, pero casi todos en posiciones sin posibilidad de llegar al Congreso, entre ellos algunos antorchistas.

Templo Mayor de REFORMA del 5 de febrero dice: “¡QUÉ BARBARO! ¿Se acuerdan de cómo le fue al PRI cuando Roberto Madrazo se agandalló el partido? Bueno, pues algo similar es lo que hizo Alejandro «Alito», Moreno con las candidaturas plurinominales. Las repartió entre sus cercanos, sus muuuy cercanos y hasta para él mismo: sin tantito pudor, el campechano se puso en el primer lugar.” Por último, cito la nota de Horacio Jiménez en El Universal del 6 de febrero: “Van contra Morena con «dinosaurios» y cartuchos quemados” y como subtítulo: “Alianza Va por México rescata a «impresentables» y «dinosaurios» para quitarle la mayoría a Morena; siguen dando continuidad a «amiguismos» y «compadrazgos» critican los especialistas”. Para completar el panorama, hay que decir que lo mismo ocurre en los dominios de Morena, donde abundan los “cartuchos quemados” tanto en el actual Gobierno como entre los que aspiran a cargos de elección popular, en este 2021 y en elecciones futuras. Aun así, es preocupante la unánime descalificación de las y los candidatos de la alianza (con excepción del PRD). Nadie en sus cabales puede desdeñar el impacto de tal descalificación en la opinión pública y, por tanto, en los resultados de la elección.

Sin embargo, en honor a la verdad, nuestro punto de vista va más allá: México no necesita caras nuevas sino ideas nuevas, es decir, un proyecto de país que renueve y supere al que hemos venido construyendo durante todo el siglo XX y lo que va del XXI, necesidad que se hace más urgente en vista del desastre por el que nos conduce Morena. Un proyecto de país basado en el conocimiento exacto de las causas del descontento social que exaltó al poder a López Obrador y que ofrezca soluciones racionales, eficaces y sólidamente fundadas a tal descontento. De nada sirven caras nuevas con ideas viejas, aunque se acepte que la gente joven es más proclive al cambio y a la innovación. Ahora bien, ¿cuál es la causa de la reticencia de los partidos a generar un proyecto de país capaz de entusiasmar a los electores? A mi juicio, se trata de la visible decadencia de toda la clase política mexicana, de la cual Morena y su mal Gobierno son una prueba irrefutable.

La decadencia de los priistas surge del prolongado ejercicio centralizado del poder durante todo el siglo XX, lo que herrumbró su capacidad de análisis y de lucha. Eric S. Thompson, hablando de la decadencia de la civilización maya después de 250 años de dominio absoluto de los cocomes de Mayapán, dijo: “Un poder prolongado y centralizado genera necesariamente corrupción y engendra lentitud mental”. Con la llegada del modelo neoliberal, toda la clase política mexicana perdió los últimos y débiles restos de pensamiento crítico y analítico que le quedaban, pues todos los problemas y las soluciones se confiaron a la “mano invisible” del mercado. En el PAN, la atrofia nace de que sus nuevas generaciones se niegan a reconocer que México y el mundo han cambiado mucho desde la época de sus fundadores. Se aferran al fundamentalismo conservador que los ha caracterizado desde 1929. La excepción, otra vez, es el PRD. Ellos poseen una filosofía coherente del mundo y la sociedad y hacen esfuerzos por aplicar el pensamiento científico a los problemas, pero su inmersión absoluta en las lides electorales con exclusión de la lucha de masas, ha acabado por obnubilar su mirada crítica y transformadora.

La decadencia impide a todos jugar el papel de verdadera oposición al gobierno de López Obrador, un gobierno que da material de sobra para reducirlo a su verdadera estatura intelectual y política en muy poco tiempo. No lo han hecho; han preferido las críticas parciales, los pinchazos esporádicos en busca de mejores condiciones para negociar pequeñeces y asegurar su sobrevivencia política en espera de mejores tiempos. Parecen no darse cuenta de que el fracaso del neoliberalismo es ya un consenso mundial; ignoran voluntariamente lo que dice Stiglitz: “Tres motivos resonaban por todo el mundo: que los mercados no estaban funcionando como se suponía que tenían que hacerlo, ya que a todas luces no eran ni eficientes ni estables; que el sistema político no había corregido los fallos del mercado; y que los sistemas económico y político son fundamentalmente injustos ( Joseph Stiglitz, El precio de la desigualdad, p. 25). Y más adelante agrega:

“Los apologistas de la desigualdad –y hay muchos (como en México, ACM)- rebaten con el argumento de que dar más dinero a los de arriba beneficia a todo el mundo, en parte da lugar a un mayor crecimiento. Se trata de una idea denominada teoría económica del goteo. Tiene un largo pedigrí y hace tiempo que está desacreditada (…) una mayor desigualdad no ha dado lugar a más crecimiento y, de hecho, la mayoría de los estadounidenses ha visto como sus ingresos disminuían o se estancaban”. Lo que en realidad ocurre “… es lo contrario de la teoría económica del goteo: las riquezas que se han acumulado en los más altos se han producido a expensas de los de más abajo.” (obra citada, p. 53) Es fácil ver que en México ocurre lo mismo, solo que potenciado por su carácter de economía pequeña, subdesarrollada y dependiente.

Pero oigamos la voz autorizada y actual de Vladímir Putin, presidente de la Federación de Rusia, uno de los políticos más completos, sagaces e informados del planeta, ante el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza: “A juzgar por las estadísticas, incluso a pesar de las profundas crisis de 2008 y 2020, el periodo de los últimos cuarenta años puede considerarse exitoso o incluso súper exitoso para la economía mundial. Desde 1980, el PIB per cápita mundial (…) se ha duplicado. Este es definitivamente un indicador positivo.” Sin embargo, “Durante los últimos 30 años, en varios países desarrollados, los ingresos de más de la mitad de los ciudadanos (…) se han estancado y no han aumentado. Pero el costo de los servicios de educación y salud ha aumentado. ¿Y saben ustedes cuánto? Tres veces. Es decir, millones de personas, incluso en los países ricos, han dejado de ver la perspectiva de incrementar sus ingresos. Al mismo tiempo, se enfrenta a problemas: cómo mantenerse sanos a ellos mismos y a sus padres, cómo brindar una educación de calidad a los niños.” Cualquier parecido con nuestra realidad es, por supuesto, cualquier cosa menos pura coincidencia.

El presidente Putin dice: “… la pregunta principal (…) es (…) quién recibió el principal beneficio de esto (se refiere al crecimiento exitoso de la economía y del PIB mundiales antes mencionados)”. Y responde: “La respuesta es conocida, es obvia, el uno por ciento de la población” (las negritas son de ACM). Para él no hay duda de que tal injusticia se debe al llamado «Consenso de Washington»”, es decir, al neoliberalismo salvaje impuesto a los pueblos del mundo por el imperialismo mundial. Añade: “Es claro que el mundo no puede seguir el camino de construir una economía que funcione para un millón (…). Es una actitud destructiva. Este modelo es por definición, inestable”. Se requiere un modelo nuevo y superior que garantice el bienestar de todos. Y propone:

“Primero, una persona debe tener un entorno de vida cómodo. Se trata de vivienda e infraestructura accesible: transporte, energía, servicios públicos. Y, por supuesto, el bienestar ambiental, esto nunca debe olvidarse. Segundo. Una persona debe estar segura de que tendrá un trabajo que le proporcionará un ingreso en constante crecimiento y, en consecuencia, un nivel de vida decente. Debe tener acceso a mecanismos de aprendizaje efectivos a lo largo de su vida (…) que le permita desarrollar y construir su carrera, y luego de su culminación, recibir una pensión digna y un paquete social. Tercero. Una persona debe estar segura de que recibirá una atención médica eficaz y de alta calidad cuando se requiera, que el sistema de salud en cualquier caso le garantice el acceso al nivel moderno de servicios.

Cuarto. Independientemente de los ingresos de la familia, los niños deben poder recibir una educación decente y desarrollar su potencial. Cada niño tiene este potencial” (Ver EL PAÍS DIGITAL del 27 de enero). No hay duda: el mundo necesita cirugía mayor, pero nuestros políticos no lo ven así. A los antorchistas, en cambio, nos parece inaudito que quiera llevarse a cabo, hoy, una campaña electoral para renovar la H. Cámara de Diputados sin ofrecer a las masas una alternativa de país y de vida distintos y mejores para todos, semejante a los cuatro puntos que propone el Presidente Putin. Sencillamente absurdo e inaceptable. Por eso creemos que este es el verdadero error de la alianza Va por México, error o carencia que, aunque no sea su intención, reduce su propuesta a una simple vuelta al pasado que el pueblo ya rechazó y al que no desea volver, salvo que se le engañe y manipule para ocultarle la verdad. Y eso tampoco honraría a los partidos aliancistas.

MÉXICO Y ESTADOS UNIDOS: PARALELISMOS FÁCILES

Por: Aquiles Córdova Morán

Los sucesos recientes en Estados Unidos, particularmente la toma del Capitolio, el 6 de enero, por los enfurecidos seguidores del Presidente Trump para impedir la ratificación del triunfo de Joe Biden, han acaparado la atención de medios y columnistas de los más prestigiados e influyentes del país. Todos coinciden en calificar el hecho como un intento de golpe de estado y en condenarlo abiertamente por atentar contra la “democracia más antigua y estable del mundo”.

Desde tiempo atrás se ha venido fortaleciendo una corriente de opinión que sostiene que el mayor peligro para las democracias contemporáneas es el populismo, una ideología y un modo de ejercer la política que ha logrado colocar a sus abanderados en la cúspide del poder de varios países, por vía democrática y que, ya en esa posición, se transforman en autócratas y autoritarios que imponen (o pretenden hacerlo) su propio proyecto social sobre la población. Esa pretensión los lleva a ver en la democracia un grave obstáculo, razón por la cual buscan dinamitarla y destruirla, como acaba de intentarlo Donald Trump. Ya en ocasión anterior me permití señalar que, dada la gran relevancia que se le otorga al populismo como principal enemigo de la democracia, resulta cuando menos extraño que nadie se preocupe por explicarnos a los no iniciados cuál es el contenido filosófico, político, económico y social del populismo, cuáles son sus rasgos esenciales, qué intereses defiende y en qué fuerza social se apoya. En una palabra: que hace falta definir con rigor científico el concepto de populismo para poder aplicarlo con seguridad en el análisis de la problemática social contemporánea.

Y esto resulta tanto más necesario por cuanto que, cada vez con más frecuencia, ocurre que alguien, en una especie de juicio sumarísimo, dicta sentencia condenatoria de populismo contra Gobiernos y personajes tan disímbolos como Jair Bolsonaro, de Brasil; Vladimir Putin, de Rusia; Nicolás Maduro, de Venezuela y Daniel Ortega, de Nicaragua, por citar solo unos cuantos ejemplos. El caso que más nos interesa ahora es el de Donald Trump y el presidente López Obrador. A mi parecer, salvo algunos rasgos pronunciados del carácter de ambos (el autoritarismo, la falta de disposición al diálogo, la intolerancia frente a la discrepancia, la poca estima de las opiniones y consejos de los especialistas en temas sensibles como la pandemia y algún otro semejante) la identidad populista de los dos personajes solo puede sostenerse forzando demasiado los hechos y los datos de la realidad. Pero hay algo más importante. Atribuir toda la responsabilidad por las graves dificultades de México y EE. UU. al populismo de sus presidentes implica, necesariamente, sostener que, antes de ellos, no existían; que es, por tanto, su necio populismo el que ha generado de sí mismo todo el tiradero que van dejando tras de sí, lo cual, desde luego, no es verdad. Tal punto de vista, además, no nos permite explicarnos cómo y de dónde surge el político populista, por qué motivos se ganó el apoyo de las mayorías para llegar al poder.

Las similitudes y los paralelismos fáciles no solo no explican nada; impiden, además, ver el verdadero fondo de las cosas.

Hay sin duda similitudes y paralelismos entre México y Estados Unidos; entre Trump y López Obrador, pero son distintos, más profundos y determinantes que los que supone la simple etiqueta del populismo. Permítaseme explicarme con una pequeña fábula de Rudyard Kipling titulada “La colmena madre”, que el escritor aplicó a la Inglaterra de su tiempo. Un apicultor y su hijo llegan a revisar el apiario familiar y, al abrir el primer cajón, se encuentran con que la polilla de los panales lo ha infectado y desordenado todo. La reina ha muerto; la mayoría de las obreras han dejado de laborar y se dedican a poner huevecillos de los que surgen bichos degenerados; y las demás fabrican celdillas redondas, inservibles para formar el panal. Esto no es una colmena sino un museo de curiosidades, dijo el padre, y ordenó a su hijo destruirlo todo y limpiar el cajón para un nuevo enjambre. ¿Cómo padre—replicó sorprendido el hijo– ¿vas a culpar de todo a las abejas cuando fue la polilla la que lo corrompió todo? Y tú, hijo mío—replicó el padre–¿no estás confundiendo el propter hoc con el post hoc (el efecto con la causa)? Ningún ataque de polilla tiene éxito cuando el enjambre se halla unido, fuerte y saludable; solo triunfa allí donde la descomposición ha empezado antes del ataque.

En efecto, culpar de todo a la “polilla populista” es ignorar que ésta pudo llegar al poder e iniciar con éxito su ataque destructivo porque ambas “colmenas”, México y los EE. UU., no disfrutaban de una salud robusta y a prueba de demagogos y falsos redentores. En este sentido, debe puntualizarse que Estados Unidos nunca ha sido una verdadera democracia. En una democracia auténtica, dice Noam Chomsky, reconocido intelectual norteamericano, la opinión pública influye en la política nacional y decide cuestiones vitales de la nación. El Gobierno acata y pone en ejecución la voluntad popular. Esto, evidentemente, no ocurre en EE. UU. El mismo Chomsky afirma que la democracia nunca ha sido del agrado de las clases privilegiadas, justo porque les arrebata el poder para entregarlo a las mayorías. La democracia, agrego yo, no fue pensada ni erigida en favor del pueblo trabajador, sino para garantizar la concentración de la riqueza en manos de las clases altas, siempre una ínfima minoría en todo tiempo y lugar. Pero la concentración de la riqueza exige la concentración del poder político. Sin él, el capital tropieza con obstáculos legales y de política social que amenazan su existencia misma. Este es el fondo del choque entre el gobierno de López Obrador y la empresa privada, choque que solo se resolverá con la derrota definitiva de uno de los dos contendientes.

Es verdad que la “democracia” norteamericana real es la más antigua del planeta, pero ha durado tanto justamente porque no es una verdadera democracia, sino un mecanismo de poder de la clase rica (cuyo control se turnan republicanos y demócratas para despistar a los ingenuos) muy eficaz para mantener funcionando el círculo vicioso “riqueza—poder político–más riqueza–más poder político”, del que también habla Chomsky. El mismo James Madison, padre de la Constitución norteamericana y defensor del principio democrático en el discurso público, entre sus pares sostuvo que el sistema estadounidense debía garantizar que el poder recayera siempre en manos de los ricos, porque éstos son los más responsables y por naturaleza buscan el bien público. Y así ha sido desde entonces. Por eso se mantiene en pie esa Constitución y el sistema emanado de ella.

Y no hay que pensar mucho para convencerse de esto. En caso contrario, habría que aceptar que el expansionismo imperialista de EE. UU., incluida la injusta guerra de 1847-48 que despojó a México de más de la mitad de su territorio; las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki; la “guerra fría” contra el socialismo y su reedición actual para amenazar con la aniquilación nuclear a Rusia y a China; la destrucción de Afganistán, Irak, Palestina, Siria, Libia y Egipto, por dar solo algunos ejemplos; en fin, que todos los crímenes y despojos cometidos por el imperialismo han sido decisiones del pueblo norteamericano, lo cual suena sencillamente absurdo. Son el fruto natural de las maquinaciones, oscuras y secretas la mayoría, de los verdaderos dueños y mandantes de aquel país: los grandes consorcios financieros, los gigantescos monopolios trasnacionales y el complejo militar-industrial. Son ellos los que necesitan del dominio mundial y de la guerra permanente para medrar y prosperar, no el pueblo trabajador.

El fenómeno Trump se explica de modo muy distinto al reduccionismo simplista de los predicadores de la democracia abstracta. Se debe al colapso del modelo imperialista cuyo único fruto verdadero es el incremento obsceno e incontrolable de la riqueza de una reducidísima élite de “trillonarios”, a costa de la marginación y la pobreza de las clases trabajadoras de todo el planeta, en primer lugar la de los propios Estados Unidos. Ni el mundo ni el pueblo norteamericano aceptan ya esta situación. Trump supo aprovechar ese rechazo para venderse como candidato antisistema y ganar la elección presidencial antepasada. La clase dominante norteamericana, aunque parezca increíble, hoy esta dividida y enfrentada por la misma causa.

Trump es la cabeza visible de la corriente que sostiene que el colapso solo puede evitarse renunciando a la globalización económica, al militarismo, al expansionismo y al intervencionismo indiscriminado en el mundo, y concentrándose en hacer más grande y competitiva la economía para derrotar a China en el mercado mundial. De ahí su consigna de “¡Hagamos a América grande otra vez!”. Biden, en cambio, es la vuelta a la política crudamente expansionista, intervencionista y militarista que el pueblo rechazó al elegir a Trump. Por eso coincido con quienes piensan que este conflicto, lejos de haberse resuelto, apenas comienza.

La similitud con México radica en que, también aquí, el viejo sistema estaba en crisis, tanto por la concentración de la riqueza y el poder como por la corrupción del aparato de gobierno y por la marginación y el olvido de las masas populares. También aquí, el candidato López Obrador supo venderse como la opción antisistema y como la solución providencial a todos los problemas del país y de las masas trabajadoras. Fue eso, indudablemente, lo que lo catapultó a la cima del poder político. Por eso los antorchistas hemos sostenido, y seguimos sosteniendo hoy, que derrotar a Morena en las urnas es solo una parte del problema; que hace falta, además, un nuevo proyecto integral de país que procure el crecimiento y desarrollo económico sostenidos y con equidad y justicia social para todos. El peligro que nos amenaza no es el 6 de enero norteamericano, sino el de perder las elecciones próximas y consolidar por esa vía el desastroso proyecto morenista. O, peor aún, que la oposición reconquiste el poder solo para retornar al viejo modelo contra el cual votó el pueblo, lo que incrementaría sin remedio el descontento popular. Las consecuencias de una u otra alternativa son impredecibles, pero de ninguna manera optimistas ni esperanzadoras. Urge la construcción de un México real y enteramente nuevo, más justo y equitativo para todos, pero, sobre todo, para los olvidados de siempre. Esa es la lección de la elección norteamericana. Vale.

La ley, escudo de papel frente a gobernantes abusivos

 Aquiles Córdova Morán

Ya los mayores sabios del Renacimiento y la Ilustración pensaban que ningún hombre sobre la tierra es lo suficientemente bueno, recto y libre de prejuicios e intereses mezquinos como para decidir sobre la libertad y la vida de otros hombres. Don Miguel de Cervantes, que es uno de esos sabios, lo dice de modo insuperable en la famosa aventura de Don Quijote y los galeotes:

 Cuando Sancho Panza vio a 12 condenados a galeras, que iban ensartados en una cadena como las cuentas de un collar y custodiados por una guardia armada, dijo a su amo: “…esa es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras”.  “¿Cómo gente forzada? –respondió Don Quijote– ¿Es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?”. Aquí tenemos el primer punzante dardo contra la justicia de todos los tiempos. “No digo eso –aclara Sancho– sino que es gente que por sus delitos va condenada a servir al rey en las galeras de por fuerza”. Pero Don Quijote no se deja convencer: “En resolución (…) como quiera que ello sea, esta gente, aunque los llevan, van de por fuerza, y no de su voluntad”. “Así es, dijo Sancho”.

Con permiso de los custodios, el caballero interroga a los primeros galeotes: uno robó un cesto de ropa blanca, otro delató a sus cómplices en el tormento, otro más no tuvo diez escudos “para untar la péndola (pluma) del juez”, otro era alcahuete, etc. “De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos (nótese la plena identificación de Don Quijote con los galeotes) he sacado en limpio que (…) podría ser que el poco ánimo que aquel tuvo en el tormento, la falta de dineros de este, el poco favor de otro y, finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte teníades.” Don Quijote, pues, no duda de que la justicia asiste a los galeotes, que estos son víctimas inocentes de sus circunstancias y culpa por su condena al “torcido juicio del juez”. Añade: “Todo lo cual (…) me está diciendo, persuadiendo y aun forzando a que muestre con vosotros el efecto para que el cielo me arrojó al mundo y me hizo profesar en la orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores”. Así pues, los reos no son para Don Quijote más que “menesterosos y opresos” de los poderosos de su tiempo.

Antes de hacer uso de sus armas, trata de persuadir a los custodios para que los liberen voluntariamente: “…quiero rogar a estos señores y comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en paz (…) porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Cuánto más señores guardas (…) que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello”. Vemos aquí que el inmenso genio de Cervantes, que corre parejas con su humanismo, niega a los hombres en general el derecho a “hacer esclavos a quienes Dios y naturaleza hizo libres”; apela a la solidaridad del pueblo armado con el pueblo oprimido por el poderoso y afirma que los “hombres honrados” no pueden ni deben ser “verdugos de los otros hombres”. En otras palabras: quienes juzgan y encarcelan a los débiles no son los “hombres honrados” sino los perversos y sinvergüenzas que castigan el delito ajeno mientras cometen los suyos impunemente. Y opina que solo Dios es suficientemente bueno y justo para juzgarnos, premiarnos o castigarnos.

Estas palabras cervantinas tienen hoy plena vigencia en México. El uso faccioso de la ley con fines distintos al de impartir justicia, su aplicación sesgada para cobrar venganzas y reprimir a los opositores políticos, son hechos cotidianos, que brotan todos los días por todas partes y a todas horas. Quienes hacen esto no son los mejores hombres del país, los “hombres honrados” que dice Cervantes, sino, justamente como nos previene, gente perversa y carente de autoridad moral para juzgar. Los antorchistas estamos sufriendo una encarnizada persecución “legal” por delitos inexistentes, absolutamente prefabricados; y aunque no lo haga exclusivamente por su libre y espontánea voluntad, el hecho probado es que Miguel Barbosa Huerta, gobernador (?¡) de Puebla, es la punta de lanza de este ataque artero a nuestras libertades y derechos. Y, ¿quién es Miguel Barbosa visto a través de la lente cervantina? ¿Cuáles son sus credenciales éticas y morales para tratarnos públicamente como delincuentes contumaces?

Como dije en artículo anterior, este Savonarola que pide la hoguera para los antorchistas, ha sido señalado como dueño de una mansión valuada en treinta millones de pesos, propiedad que omitió en su declaración patrimonial, lo que constituye un delito según la normatividad vigente. El “testigo colaborador” del momento, Emilio Lozoya, señaló a Barbosa como culpable de haber recibido de su mano un soborno por 100 mil dólares a cambio de controlar a su bancada en el Senado (era coordinador de los senadores del PRD) para que no se opusiera a las “reformas estructurales” de Peña Nieto. Hemos exigido y seguiremos exigiendo que el “señor gobernador” sea investigado con todo rigor por tales presuntos y graves ilícitos. Pero hay más. MILENIO del 20 de agosto asegura que Barbosa “fue borrado” en la declaración escrita de Lozoya. ¿Quién lo borró o quién ordenó borrarlo? ¿Por qué? Sea como sea, esta maniobra gangsteril no demuestra su inocencia sino todo lo contrario: prueba elocuentemente que Barbosa y sus amigos saben que es culpable y lo “borraron” para salvarlo de una investigación judicial que probaría su delito. Pero esto también constituye un delito grave que debería ser esclarecido y castigado.

Suma y sigue. El 21 de agosto, MILENIO dijo que, al enterarse Barbosa de la acusación de Lozoya, “…raudo y veloz, puso en marcha una estrategia de contención que incluyó mensajes directos a los celulares de millones de poblanos. Desde el pasado miércoles, y a través de mensajería instantánea, el gobierno del Estado de Puebla comenzó el envío masivo del video titulado ‎«Barbosa votó contra la reforma energética: Checa el video que lo prueba. NO te dejes engañar»‎”. Sigue MILENIO: “Al mismo tiempo puso a trabajar una pauta publicitaria gubernamental que alcanza los 19.8 millones de pesos, es decir, 25% del presupuesto total de la Coordinación de Comunicación y Agenda Digital del estado”. Así pues, Barbosa se ha gastado, como mínimo, 20 millones de pesos del dinero público para “limpiar” su imagen, o sea, para su promoción personal, lo cual también es un delito que debe ser sancionado con todo rigor.

Y hay más. El diario digital alcancediario.mx publicó el 26 de agosto la nota de Gerardo Pérez, “Florencio Madariaga, encarcelado por asociación delictiva, el operador de Barbosa para armar expedientes vs Esparza, Manzanilla y antorchistas”. El texto empieza así: “¡Que viva Chiapas y la 4T! ¿Por qué…? Por una sencilla razón: «El grupo Chiapas», de dicho y hecho, se apoderó del gobierno de Puebla; ellos ordenan y mandan, gritan, vociferan y cesan a quien no acate sus órdenes; no hay poder que los frene o contenga, pues todo lo ejecutan a nombre del mandatario estatal.” Según el reportero citado, el “grupo Chiapas” es “el grupo compacto de Juan Sabines Guerrero”, ex gobernador de Chiapas y cuya campaña fue coordinada por Miguel Barbosa, enviado por Andrés Manuel López Obrador, entonces dirigente del PRD. “… ahí nace una amistad, que conservan hasta el día de hoy, Juan Sabines-Miguel Barbosa.” Pero ¿quiénes son los “tres reyes magos” que hoy gobiernan en Puebla? Esto dice Gerardo Pérez.

El primero es Yassir Vázquez Hernández, ex presidente municipal de Tuxtla Gutiérrez, quien renunció al cargo acusado de desvío de recursos del erario municipal. Llegó a Puebla para coordinar la campaña de Barbosa en la capital. El premio es la Subsecretaría de transporte del estado a pesar de estar inhabilitado por una orden de aprehensión según la causa penal 153/2015. El segundo es Raciel López Salazar, ex procurador de Justicia y Fiscal General del estado de Chiapas durante 10 años seguidos. Salió del cargo “en medio de señalamientos de corrupción, persecución y presuntas ligas de protección con la mafia de trata de personas.” Hoy está al frente de la Secretaría de Seguridad Pública, designado por su amigo Miguel Barbosa.

El tercero es Florencio Madariaga Granados, ministro sin cartera que despacha en el Edificio Ejecutivo del CIS. Según Gerardo Pérez: “Ahí está el bunker del poderoso dueto chiapaneco: el «secretario sin cartera» Florencio Madariaga y el «secretario con cartera» Raciel López. Don Florencio hace las funciones del –inexistente– Secretario de Gobernación, David Méndez Márquez y del –gris– consejero jurídico Ricardo Velázquez Cruz”. Madariaga fue detenido por la Interpol en febrero de 2006, en Madrid, acusado por el gobierno de Chiapas de asociación delictiva y malversación de 900 millones de pesos. Estuvo preso en España un año y siete meses y, extraditado a México, pasó dos años en una cárcel de Chiapas hasta que lo sacó de ahí su amigo Juan Sabines Guerrero que lo premió, primero, con una notaría, y luego con la presidencia del Consejo Estatal de Derechos Humanos. Hoy, Madariaga Granados es el que “arma e integra las carpetas de investigación contra Fernando Manzanilla, Jorge Benito Cruz Bermúdez, Juan Celis y Soraya Córdova”. “Y le ordena al Fiscal General del Estado Gilberto Higuera Bernal, que los presente y sean ejecutados”.

Hoy sabemos, con toda seguridad, que la solicitud de orden de aprehensión contra la compañera Rosario Sánchez Hernández y otras dos personas, fabricada en este búnker, fue denegada dos veces por el juez ante la absoluta inconsistencia de las acusaciones, y tuvo que concederla en una tercera ocasión por órdenes directas del gobernador Barbosa. Y bien: estos son los “personajes” que acusan, juzgan y sentencian a quienes tienen la desgracia de caer bajo su férula; en estas manos está la justicia que imparte el gobierno de Barbosa a toda la ciudadanía poblana. ¿Tenía, o no, razón Don Quijote al liberar a los galeotes por considerarlos mejores que sus jueces?

¡Que investiguen a Barbosa!


 Aquiles Córdova Morán

El diario MILENIO, en su edición del 23 de abril de este año, dio la siguiente noticia: “Denuncian a Antorcha Campesina ante FGR por corrupción y lavado de dinero”, y a continuación: “La Unidad de Inteligencia Financiera presentó las denuncias contra la organización, al detectar anomalías en las operaciones de 40 gasolineras que manejan en el país, así como cuentas millonarias de sus principales líderes”. 

El día lunes 17 de este mes, a pregunta de reporteros que lo abordaron en Palacio Nacional, el director de la UIF afirmó que, en colaboración con las Fiscalías de Puebla y del Estado de México, había ordenado la congelación de las cuentas bancarias de 10 líderes de Antorcha Campesina, una organización que ha recibido dinero en efectivo de manera ilegítima. El día miércoles 19, en su mañanera en Querétaro, el Presidente de la República afirmó que, en efecto, había una investigación en contra de Antorcha y que pediría al Lic. Santiago Nieto que, sin violar el debido proceso, presentara a los medios los argumentos en que se apoya la decisión de congelar las cuentas de Antorcha. Este lunes 24 de agosto, se entregó a los medios un documento oficial de la UIF en el cual se ofrecen las “razones” que el Presidente prometió en su mañanera. 

Ante estos hechos, doy mi modesto punto de vista al respecto. Veo una contradicción evidente en el hecho de que se hable de una investigación en curso cuando el director de la UIF en persona aseveró, de manera implícita pero lógicamente indiscutible, que esta investigación, que venía incluso desde inicios de 2019, estaba concluida. De no ser así, no se entendería cómo pudo presentar la denuncia ante la FGR. No se trata de otras acusaciones ni de otras personas, pues los medios se han encargado de revelar que se trata de los mismos delitos y los mismos “líderes de Antorcha Campesina” mencionados el 23 de abril.  Por tanto, se impone la pregunta: ¿por qué o para qué una nueva investigación? ¿Y por qué se recurre a la “colaboración” de las Fiscalías de Puebla y del Estado de México, cuando el asunto está ya en manos de la FGR? La segunda Fiscalía, por cierto, ha hecho saber que no tiene arte ni parte en el asunto, de modo que, por iniciativa propia o “por órdenes superiores”, el asunto se cocinó en la Fiscalía poblana. La lógica científica dice que cualquier contradicción descubierta invalida automáticamente el razonamiento o juicio completo que la contenga. En este caso, prueba la falsedad completa de la nueva investigación de la UIF.   

Desde el 23 de abril, varios medios afirmaron que la UIF sostuvo haber descubierto cuentas de algunos líderes antorchistas por cientos de millones de pesos. Esta misma afirmación ha vuelto a repetirse ante la congelación de esas y otras cuentas. El gobernador de Puebla, el morenista Miguel Barbosa, al negar que haya persecución política en contra de los antorchistas, aseguró que sus líderes se han hecho inmensamente ricos: cientos de millones de pesos, dijo, y ahí están las pruebas, ahí está la congelación de sus cuentas. Hagamos caso omiso de la tontería (o de la auto delación involuntaria) que implica presentar la sanción del delito como prueba de la culpabilidad del delincuente; lo que me interesa destacar es la reiteración de que las cuentas congeladas manejan “cientos de millones de pesos”. Resulta muy revelador que nadie (ni la UIF, curiosamente) se ha tomado la molestia de informar sobre el monto total de las 20 cuentas congeladas a 10 derechohabientes antorchistas. ¿Por qué? Pueden alegarse muchas razones, pero yo creo que se debe a que este dato pone al desnudo la escandalosa mentira de los cientos de millones de pesos. Doy el dato concreto: entre las 20 cuentas congeladas apenas suman poco más de 27 millones de pesos, es decir, un promedio de un millón y 350 mil pesos cada una, algo muy, pero muy alejado de los cientos de millones de que hablan la UIF y sus amplificadores mediáticos.

El documento más reciente en el que la UIF da cifras que, tomadas a bulto, sin desagregarlas y sin el análisis correspondiente para desentrañar su consistencia o su falsedad (lo que resulta imposible para la opinión pública), resultan realmente escandalosas. Igualmente escandalosas son las afirmaciones de que algunas de esas cuentas ingresaron cientos de millones de pesos de origen ilícito y transacciones bancarias delictivas. Es muy claro que se busca el linchamiento mediático de los acusados, un delito que viola la secrecía de la investigación, la presunción de inocencia y el derecho al debido proceso, como lo prueba el hecho siguiente: en el documento de la UIF se evita cuidadosamente mencionar el nombre de Antorcha y el de los titulares de las cuentas congeladas, claramente para evitar la acusación de que violan la ley; pero, en cambio, sí aparecen esos nombres en los medios. ¿Quién se los proporcionó? ¿Quién los autorizó a violar el debido proceso? ¿No está claro el doble juego de la UIF y, por tanto, su propósito de linchamiento mediático? 

Las cifras millonarias que menciono fueron obtenidas sumando los recursos que entraron y salieron de las cuentas congeladas durante un período de diez años, de 2010 a 2019, pero se manejan como si hubieran ocurrido en uno, o a lo sumo, en varios meses de este año. Esta operación es totalmente arbitraria y sin sentido y no prueban absolutamente nada. Con semejante procedimiento, sumando las entradas y salidas de toda una vida, se puede probar que el micro negocio más insignificante, un bote de tamales por ejemplo, maneja en sus cuentas “cientos de millones de pesos”. Respecto a la recepción de cientos de millones ilegales por alguno de los dueños de las cuentas, o a la acusación general de Santiago Nieto de que Antorcha ha recibido dinero en efectivo de manera ilegal, afirmo que es una acusación totalmente gratuita que jamás podrán probar fehacientemente. Los antorchistas quedamos en espera del, o los videos en que alguno de nosotros aparezca recibiendo dinero ilícito, no importa si en sobres amarillos, portafolios o maletas, y le deseamos suerte a la UIF en sus pesquisas. 

También es falsa, en estricto sentido, la afirmación de que las cuentas pertenecen “a líderes antorchistas”. Con ello se insinúa que no justifican el origen del dinero que manejan. En realidad, son cuentas que registran los movimientos financieros normales de un negocio propiedad de Antorcha, registrado a nombre de los compañeros más honrados y confiables como un recurso seguro y expedito para legalizarlos y cumplir cabalmente con sus obligaciones hacendarias. No hay más. Y todo esto es del pleno conocimiento y aprobación de los miembros activos de toda la organización. También es falso que Antorcha tenga “empresas fachada” para dispersar recursos ilícitos y ocultar los millones mal habidos. Todas las empresas de antorcha existen realmente, funcionan con normalidad y tienen un domicilio conocido y debidamente registrado ante Hacienda. Todas pueden dar cuenta puntual de su proceso de formación y de sus movimientos financieros, lo cual, además, ya han venido haciendo muchos de ellos, requeridos o acosados por la autoridad correspondiente.

Pero no nos engañemos. Hoy todos sabemos que lo que estamos viviendo en estos días (y lo que viviremos en los próximos meses), como el escándalo Lozoya, el llevado y traído avión presidencial y otros espectáculos menores, se explican por la proximidad de las elecciones intermedias y obedecen a la necesidad del partido en el poder de ganarlas a como dé lugar, incluso violando derechos elementales de ciudadanos y partidos “enemigos” de Morena, como ya estamos mirando. Es en este contexto en el que hay que entender las escandalosas y absurdas acusaciones contra el Movimiento Antorchista Nacional. Nosotros no somos ingenuos. Estamos conscientes de que la persecución en nuestra contra, como la de todos los imputados no morenistas en la declaración de Emilio Lozoya, llegará tan lejos como lo requieran el interés electoral y el miedo a la derrota del grupo gobernante. 

No nos creemos con la fuerza suficiente para desafiar al Leviatán que nos acusa y nos acosa, pero nos defenderemos. Nos defenderemos mientras haya un antorchista vivo, me atrevo a decir; por la vía legal y por la vía de la protesta pública, incluso desafiando al coronavirus si fuera necesario. Exigiremos que la justicia sea, por lo menos, pareja, mientras se mantenga en pie la actual Constitución y las leyes legalmente derivadas de ella. Llamamos una vez más a todos los agraviados por el sistema a que formemos un frente para la defensa colectiva de la ley y el Estado de derecho que todavía nos rigen. Y comenzamos por la casa. Los medios han hablado claro: cien mil dólares y la reubicación en la capital del país de un hermano suyo, empleado de PEMEX, fue el precio que Miguel Barbosa le puso a su compromiso de no oponerse a la aprobación de las Reformas Estructurales de Peña Nieto. Según MILENIO del 21 de los corrientes, Barbosa tiene una coartada para sacudirse la acusación: él votó en contra de la Reforma Energética. Pero da la casualidad que Lozoya no lo acusa de haber vendido su voto, sino su compromiso de no oponerse a la aprobación de dicha reforma. “Parece que Barbosa cumplió” remata el diario.

Cuando comenzaba la pandemia y Barbosa declaró que “a nosotros los pobres” no nos ataca el coronavirus, los medios dijeron que este “pobre” era dueño de la mansión que fue del ex presidente Miguel de la Madrid, valuada en treinta millones de pesos y cuya propiedad omitió en su declaración patrimonial ¿Qué ha respondido Barbosa? Sobre la mansión, nada; sobre la imputación de Lozoya, el mismo MILENIO dijo el 20 de agosto que “fue borrado” (¿por quién?) de la declaración de Lozoya. Ni el silencio ni el haber sido “borrado” clandestinamente prueban la inocencia de Barbosa. Él mismo dijo que la acusación de Lozoya es la palabra de un delincuente que no merece, por tanto, ninguna credibilidad. Muy bien. Ahora nosotros exigimos que se investiguen a fondo las acusaciones en contra de Barbosa y que éste demuestre su inocencia ante los tribunales. Solo así sus acusaciones merecerán credibilidad, según su propio dicho. De lo contrario, tendremos pleno derecho, como él, a recusar como absolutamente carentes de valor las acusaciones de un delincuente.

No podríamos defender la ley y el estado de derecho unificada

y consecuentemente? 

 Aquiles Córdova Morán

La persecución política en México, haciendo un uso pervertido y faccioso de la ley, se está volviendo una práctica de gobierno cada vez más extendida y desembozada. Todos los ciudadanos mexicanos no afectos a la 4ª T o, peor aún, opositores declarados de la misma, estamos en un peligro inminente de ir a parar con nuestros huesos a una mazmorra, acusados de delitos prefabricados y graves que ameriten muchos años de cárcel. 

Los diputados morenistas al Congreso de la Unión, cuyo sometimiento irrestricto a la voluntad del Ejecutivo es algo que ellos mismos pregonan a voz en cuello como timbre de orgullo, han aprobado leyes que, como señalé en mi artículo anterior, contradicen abiertamente la Constitución General de la República y son claramente violatorias de varios derechos fundamentales de los ciudadanos. La cosa es tan seria que, según algunos medios y articulistas de reconocida solvencia moral e intelectual, esas leyes han dado lugar a varias controversias constitucionales, acciones de inconstitucionalidad y miles de amparos interpuestos por ciudadanos que se sienten vulnerados en sus derechos. Esos recursos están en poder de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que deberá decir la última palabra al respecto. 

  Sin embargo, quienes tenemos conciencia del peligro, no debemos sentarnos a esperar simplemente. Creo que es momento ya de unificar a todos los perjudicados, ofendidos y atropellados por el autoritarismo y las políticas desacertadas de la 4ª T, para iniciar una lucha conjunta en defensa de la ley y del Estado de derecho y para demandar, además, acciones eficaces contra las tres grandes plagas del momento: el desastre económico, el descontrol absoluto de la pandemia y la inseguridad rampante que amenaza la vida y la seguridad de todos. 

Es urgente denunciar la manipulación que se esconde tras el supuesto combate a la corrupción; explicarle al pueblo cómo, detrás de esta bandera legítima, se oculta una auténtica cacería de brujas en contra de los opositores más representativos del régimen actual; en contra de aquellos de los que recela una competencia real y peligrosa para su propósito de retener todo el poder en las elecciones del 2021. Hacerle notar qué significa haber llegado al grado de que, para conseguir la imputación directa a las cabezas que realmente interesan a la 4ª T, estemos recurriendo a la nefasta práctica de la justicia yanqui del “testigo protegido” y del “testigo colaborador”, que no son más que eufemismos para no llamarlos testigos de paga, testigos comprados que, naturalmente, pueden servir para cualquier cosa, menos para dar certeza jurídica a un acusado. Alguien con la soga al cuello es capaz de inculpar al Santo Papa, si se le garantiza con ello su propio pellejo.

Juntémonos todas las víctimas de la 4ª T, las reales y las potenciales; hagamos de los miles de arroyos aislados un solo y poderoso torrente que se haga escuchar por el país entero. Convoquemos, por ejemplo, a todos los que se quedaron sin apoyo con la desaparición de “Prospera”, “Progresa” y programas similares; a los que se quedaron sin el seguro popular, es decir, sin ningún apoyo médico; a quienes perdieron las guarderías infantiles y los comedores comunitarios; a los pueblos y comunidades sin obra pública; a los ayuntamientos sin participaciones; a los campesinos que dejaron de recibir fertilizante subsidiado; a las mujeres víctimas de violencia familiar que perdieron los albergues; a las feministas; a los padres y madres de niños con cáncer; a los diabéticos que perdieron de pronto medicina y diálisis gratuitas; a los infectados con VIH que carecen de retrovirales; a médicos, médicas y trabajadores de la salud en general, sin protección adecuada y sin recursos para curar a los enfermos graves de Covid-19.

Suma y sigue: a quienes perdieron el empleo y todo o una parte significativa de su ingreso; a las micro, medianas y pequeñas empresas que están cerrando por falta de apoyo gubernamental; a quienes se sienten amenazados por la ley de extinción de dominio; a los empresarios amenazados de ser tratados como miembros del crimen organizado por un error en la tributación; a quienes ya se ven tras las rejas por el abuso de la prisión preventiva oficiosa; a los maestros y maestras sin plaza y con legítimo derecho a ella, a los abogados amenazados y perseguidos por ejercer su oficio en defensa de “enemigos” del gobierno; a quienes se les ha obligado a ganar menos que el presidente o a quienes han sufrido severos recortes a su salario; a quienes buscan en vano justicia y protección contra el crimen organizado; a los obreros que reclaman mejores salarios, prestaciones y verdadera libertad sindical, y no solo cambio del charro en turno. Y agréguele usted los que tenga en mente.

Especial importancia merecen los medios y los periodistas injuriados y amenazados por sus críticas a la 4ª T. También a ellos los debemos convocar a la unidad nacional por la justicia y la ley. Ellos saben mejor cuánto se está agudizando y poniendo en evidencia la represión y la persecución política ante la proximidad de las elecciones de 2021; saben que los morenistas tienen miedo de perder el poder por culpa de sus terribles errores, y por eso están echando mano de todo tipo de distractores y del terrorismo político para distraer la atención del público. Circo en abundancia, pero en lugar de pan, garrote vil. Hay que golpear con mano firme a los “enemigos” para someterlos o refundirlos en la cárcel de una vez por todas.

El pretexto del combate a la corrupción es muy eficaz y difícil de desenmascarar. Es eficaz porque el pueblo odia la corrupción y aplaude el castigo severo a los corruptos; y es difícil de desenmascarar porque nadie defiende a un acusado de corrupción, aunque lo sepa inocente, por temor a que lo acusen de cómplice. Así, todos contribuimos con nuestro silencio al éxito de la maniobra oficial. Y esto es particularmente relevante en el caso de los medios. Me llama la atención la facilidad con que caen en contradicciones obvias de las que parecen no darse cuenta. Por ejemplo, son ellos los que denuncian el carácter ilegal de las llamadas “filtraciones” porque, dicen, viola la secrecía de la investigación y lesiona gravemente el derecho al debido proceso. La filtración incita intencionalmente el linchamiento público del acusado para condenarlo antes que la ley, e impide a los jueces, por eso, dictar libremente la sentencia que a su juicio corresponda. Resulta difícil y peligroso, en tiempos de dictadura, contradecir el veredicto popular. 

Todo esto es absolutamente cierto, y por eso sorprende más que sean esos mismos medios los que se apresuren a recoger y a difundir diligentemente la filtración, que saben que es siempre ilegal aunque sea cierta. ¿Tanta es la ambición por ganar la primicia o las ocho columnas? ¿No sería esperable, por elemental sindéresis, que él o los medios que reciben la filtración se negaran a publicarla en tanto no dé la cara el responsable de la misma? 

La segunda contradicción que registro es que, estando claros los medios y los buenos periodistas del terrible e irreparable daño (moral, material y social) que causa el linchamiento mediático, no se den cuenta (o finjan no darse cuenta) de que son ellos los que, al difundir alegremente las filtraciones, ponen en manos del público, ávido de castigo a los perpetradores de delitos particularmente odiosos, las armas indispensables para el linchamiento moral del imputado. Parecen rechazar simplemente su responsabilidad; pero ese rechazo no es suficiente para librarlos de culpa. 

La tercera contradicción es la afición casi deportiva de muchos columnistas a completar con sus propias acusaciones las contenidas en la filtración; es decir, su gusto por reforzarla sumándole sus propias aportaciones y sellar con ello la suerte del acusado. Y lo más sorprendente es que ellos tampoco aportan pruebas fehacientes (salvo casos raros en que citan documentos o fuentes verificables) de sus dichos. En no pocas ocasiones, además, son los mismos medios y columnistas los que se responsabilizan de la acusación. Con igual frescura e insensibilidad que el gobierno, se arrogan el papel de fiscal, juez y verdugo con el único respaldo de una “fuente de muy alto nivel”, “personas muy cercanas” a tal o cual funcionario o testigos confiables “que pidieron el anonimato”. Eso, como lo entiende cualquiera, no demuestra absolutamente nada.  

La cuarta y última contradicción es la dureza, la frialdad y la total falta de humanismo que muestran medios y periodistas ante el trato brutal a un acusado. No parecen conmoverse por nada; no parecen preocuparse porque un “delincuente”, un ser humano al fin y al cabo, sea maltratado como una bestia inmunda. Los periodistas parecen incapaces de meterse, siquiera por un segundo, en el pellejo de la víctima, o de imaginar que algún día ellos mismos pueden hallarse en una situación parecida. Una deshumanización que procede del sentimiento de invulnerabilidad que les garantizan los poderes públicos para tenerlos de su lado. De ahí su debilidad para ejercer la crítica profunda y consecuente del régimen establecido. 

Medios y periodistas actúan como modernas Penélopes: en un día destejen lo que han tejido antes con trabajo y esfuerzo. Su correcta y puntual denuncia de los vicios y los abusos de poder queda anulada con la difusión que hacen de las filtraciones ilegales; con las acusaciones sin pruebas que añaden a las del gobierno; y cuando se ponen a gritar a coro con el público asistente al circo: “¡sangre, queremos sangre!” de condenados. Y yo me pregunto: ¿qué pasaría si lográsemos unirnos todos los hombres y mujeres buenos de este país con los medios y periodistas más poderosos e influyentes en defensa de la ley, el derecho y la justicia? ¿Qué maravilla de país seríamos capaces de construir entre todos? ¿Un sueño de tontos?

¿Por qué se miente tan pueril y desembozadamente sobre la Segunda Guerra Mundial?

Por: Aquiles Córdova Morán

Secretario General del Movimiento Antorchista Nacional

La noticia apareció en varios medios de circulación mundial. Copio de uno de tantos: “«¡El 8 de mayo de 1945, EE.UU. y el Reino Unido consiguieron la victoria sobre los nazis! El espíritu de EE.UU. siempre ganará. Al final eso es lo que sucede», reza un tuit de La Casa Blanca…” Otro más informó: “… con ocasión de este 75 Aniversario, el Departamento de Defensa de EE.UU. ha hecho un relato en el cual la parte fundamental de la victoria se la atribuyen a sí mismos.

«La Guerra llevaba casi cinco años cuando las fuerzas de EE.UU. y de los aliados desembarcaron en las playas de Normandía, Francia, el 6 de junio de 1944. La invasión marcó el comienzo del fin de Hitler y de Alemania nazi. En menos de un año, Alemania se rendía y Hitler estaba muerto», escriben. En pocas palabras, llegaron ellos y terminaron la guerra.”

Por su lado, el presidente de Rusia, Vladímir Putin, dijo estar informado de “acusaciones” que culpan a la Unión Soviética de haber preparado y desencadenado la Segunda Guerra Mundial. “…el presidente ruso Vladímir Putin, calificó este viernes (8 de mayo) de “delirio” las acusaciones a la Unión Soviética de preparar y desencadenar la Segunda Guerra Mundial. «¡No tenemos y no podemos tener ningún sentimiento de culpa! Pusimos 27 millones de vidas de los ciudadanos […] de la Unión Soviética en el altar de la Victoria», aseveró Putin.”

Pienso que se requiere una gran dosis de desmemoria, o de perversión, para salir ahora (75 años después de la derrota de los nazis, cuando se han escrito tantas obras sobre la Segunda Guerra Mundial como para llenar bibliotecas enteras y se han publicado toneladas de documentos infalsificables sobre ella) con que a Estados Unidos y sus aliados les bastó menos de un año para acabar con la amenaza más grande que ha pesado sobre la humanidad, desde sus orígenes hasta hoy. Peor y más repulsivo resulta pretender arrojar el fardo de las culpas propias sobre las espaldas del pueblo que lo sacrificó todo para librarnos de la sangrienta catástrofe desencadenada por Hitler y sus hordas, hambrientas de territorio (el famoso Lebensraum) y sedientas de sangre.

¿Cómo entender tan monstruosas mentiras, verdaderos estupros a la verdad histórica y a la inteligencia? Haré mi modesto intento por ayudar a poner la verdad en su lugar. El proyecto de dominación mundial de Hitler fue bien conocido por todos los intelectuales y los políticos del mundo, al menos desde 1924, año de la publicación de Mein Kampf, la biblia nazi redactada por el propio Hitler. En ella dejaba claro que “mi lucha” se fundamentaba en cuatro ejes: 1) el derecho de Alemania a disponer de un “espacio vital” (Lebensraum), eufemismo para mal disfrazar un nuevo reparto del mundo; 2) la denuncia unilateral del Tratado de Versalles, que prohibía a Alemania crear y armar un gran ejército moderno y la obligaba al pago de una elevadísima suma por concepto de indemnizaciones de guerra; 3) la superioridad de la raza aria, que le daba derecho a conquistar y someter a su dominio a los países y pueblos habitados por “razas inferiores” y 4) su propósito de acabar de raíz con el problema de los judíos y los comunistas que vivían y operaban en Alemania.

Nadie, en el momento de la aparición de Mein kampf, pareció inquietarse por su terrible contenido. ¿No lo tomaron en serio? ¿No encontraron en él nada que se opusiera a “los valores occidentales” que dicen defender? ¿O acaso más de uno se identificó con aquello del derecho a dominar al mundo por la “raza superior anglosajona”, que sigue vigente hasta nuestros días? No lo sabemos. Pero el hecho es que nadie dijo nada ante la brutal amenaza. Y que fueron las condiciones leoninas que los aliados (incluido EE.UU. y sin la participación de Rusia) impusieron a Alemania en el Tratado de Versalles, las que impidieron que la República de Weimar se consolidara como el primer régimen republicano y democrático en toda la historia de Alemania, y las que proporcionaron a Hitler y su partido nazi algunos de sus mejores argumentos y banderas para conquistar la simpatía del pueblo alemán.

Cuando Hitler, apoyado en su exigua mayoría parlamentaria, forzó al anciano presidente, mariscal Hindenburg, a nombrarlo canciller en lugar de Franz von Papen, puso de inmediato manos a la obra. Arrancó a Hindenburg un decreto que daba a su ministro del Interior, Hermann Goering, entera libertad para suspender a discreción el derecho de reunión; prohibir mítines y reuniones políticas; censurar y prohibir publicaciones “peligrosas” para el régimen; incorporar a la policía de Prusia a 40,000 miembros de la SS, brazo paramilitar del partido nazi. Con estas fuerzas bajo sus órdenes, Hitler ordenó de inmediato el asalto y destrucción de la sede del Partido Comunista, no sin antes incautarse sus archivos, alegando que los “rojos” estaban preparando un golpe de Estado. Para incrementar su apoyo parlamentario y su poder personal, convocó a los industriales más ricos de Alemania y los forzó a aportarle 3 millones de marcos para organizar unas elecciones de Estado en que su partido arrollara a los opositores.

Finalmente, el 27 de febrero de 1933, a eso de las nueve de la noche, el edificio del Reichstag (parlamento) comenzó a arder por todos lados, “como si fuera una antorcha del cielo”, según dijo Hitler. De inmediato Goering, sin ninguna prueba, declaró a la prensa que los culpables eran los cabecillas comunistas, y ordenó a su policía que procediera al arresto de todos los que pudiera encontrar esa misma noche. La cosecha fue abundante porque se hizo con base en las listas halladas en los archivos incautados al partido días atrás. Con esto se demostró, sin ninguna duda, que el incendio había sido planeado con toda anticipación por el propio Hitler y su secretario del interior, buscando el pretexto ideal para aplastar a los comunistas. Hitler fue ungido Canciller el 30 de enero de 1933, y poco menos de un mes después, gozaba ya de poderes dictatoriales sobre la población civil, había asaltado y destruido la sede del Partido Comunista y había encarcelado a cientos de sus líderes tras el incendio del Reichstag. Todo esto tuvo amplia difusión fuera de Alemania, pero, como en el caso de Mein Kampf, nadie dijo nada.

Suma y sigue. El primero de abril de 1933, el Gobierno convocó a una jornada nacional de boicot a los judíos. De inmediato promulgó una serie de decretos que ordenaban renunciar a sus cargos en la Administración, la Universidad, la Jurisprudencia y la Medicina, a todos los «no arios». Varios miles de judíos tuvieron que cambiar de empleo o exiliarse. El caso más destacado fue el de Albert Einstein, el padre de la teoría de la relatividad, que enseñaba física en la Universidad de Berlín, quien tuvo que buscar asilo en EE.UU. Siguió la “quema” de las ideas. Goebbels, ya entonces ministro de propaganda, organizó la quema de obras literarias, políticas y filosóficas cuyos autores eran “enemigos” de las ideas nazis. En las piras, que iniciaron en Berlín pero que pronto se extendieron a toda Alemania, ardieron las obras de Thomas Mann, Remarque, Proust, Wells, Einstein, Heine, Zola, etc. Igual destino se decretó a las obras de pintores como Kandinsky, Klee, Picasso y Van Gogh, que se salvaron gracias a que Goebbels convenció a Hitler de que sería más provechoso venderlas en el mercado mundial de arte. Las medidas vesánicas se extendieron a la juventud en general, a los programas de enseñanza, a los profesores universitarios y, finalmente, a los partidos políticos de oposición, que fueron disueltos y sus bienes confiscados por órdenes del Führer. Nada de esto se ignoró en occidente y, sin embargo, una vez más guardó silencio.

Hindenburg murió el 2 de agosto de 1934. De inmediato Hitler, sin consultar a nadie, anexó al Canciller, que era él, los poderes presidenciales, con lo que se constituyó en el amo absoluto de Alemania. Es a partir de esta fecha que comienza a tomar decisiones de trascendencia internacional, de cuyo conocimiento y tolerancia cómplice no podrán librarse las potencias occidentales por más que retuerzan la verdad histórica. Con calculada discreción y lentitud, comenzó a ejecutar medidas que violaban abiertamente el Tratado de Versalles: canceló el pago de las indemnizaciones de guerra, comenzó a levantar un ejército de millones de hombres, al mismo tiempo inició el rearme de Alemania con la construcción de buques de guerra, de submarinos, de aviones de caza, de cañones y ametralladoras con alta capacidad de fuego. Era evidente que se preparaba para tomar revancha por la derrota de 1918.

El 7 de marzo de 1936, finalmente, Hitler dio un paso decisivo. Ordenó a sus tropas ocupar la orilla izquierda del Rin, colindante con la frontera oriental de Francia y desmilitarizada por el Tratado de Versalles. Para colmo del desafío, Francia y Gran Bretaña, en el Tratado de Locarno firmado en 1925, se comprometieron a responder con una acción militar conjunta en caso de que Alemania violara los límites fijados en Versalles. Pero, al conocer la invasión alemana, el premier británico, Stanley Baldwin, se negó a tomar las armas alegando que eso era la guerra, y que si Hitler salía derrotado, “probablemente Alemania se haría bolchevique”. Francia misma, dijo, corría el peligro de volverse comunista. El general Gamelin, comandante en jefe del ejército francés, dijo a su Gobierno que 300,000 soldados alemanes, bien armados y pertrechados, se hallaban ya en Renania. Cualquier respuesta armada, dijo, exigiría una movilización a gran escala, que los políticos rechazaban.

Pero el informe de Gamelin era falso. El propio Hitler confesó más tarde: “Las 48 horas previas a la marcha sobre Renania fueron las más tensas de mi vida. Si en aquel momento los franceses hubieran avanzado hacia Renania, nosotros habríamos tenido que retirarnos con la cola entre las piernas, porque los recursos militares de que disponíamos habrían sido claramente inadecuados para una resistencia siquiera moderada.” Entonces, ¿cuál fue la verdadera causa de la inacción de los aliados? La que dijo Baldwin: temían más al comunismo que a Hitler y sus hordas nazis. 

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