junio 30, 2022

Hojas de ruta para una ciudadanía libre (XCIX)

Por Eduardo Trujillo

La ignorancia y el oscurantismo en todos los tiempos no han producido más que rebaños de esclavos para la tiranía”

 Emiliano Zapata

Ignorancia y mezquindad flagelos de la democracia

Dos términos que constituyen, cada uno por su lado, los retos que consumen todos los esfuerzos para consolidar una sociedad política que pueda legítimamente denominarse democracia, con prevalencia de los derechos humanos.

El estado de ignorancia se asemeja al estado de salvajismo o de naturaleza.

Filósofos de la antigüedad, como Platón, consideraron la ignorancia como la culpable de todos los males que aquejaban a la sociedad de su tiempo.

Pero ¿es la ignorancia el enemigo a vencer por la democracia?

La ignorancia como el principal problema que impide la implantación de la democracia en una sociedad exige un compromiso para su erradicación, es una con condición, que ensayaré explicar mediante la misma analogía con un organismo viviente, como lo hemos venido haciendo.

La ignorancia que puede existir por insuficiente instrucción entre las personas de una comunidad política constituye el equivalente a una predisposición genética del organismo a padecer muchas enfermedades.

Dado lo anterior podemos decir que la ignorancia es una condición genética, preexistente en el ADN de la democracia, y que vacunar, prevenir y mantener los cuidados higiénico-dietéticos, que robustezcan el sistema inmunológico de la sociedad democrática, es una necesidad ineludible, de permanente trabajo.

En otras palabras, la ignorancia constituye un caldo de cultivo que propicia el desarrollo de gérmenes o agentes infecciosos que enferman a las democracias.

El sistema inmunológico o defensivo de las democracias (controles y contrapesos) requiere ser inmunizado con la vacuna de la construcción de ciudadanía para que los anticuerpos (las prácticas, habilidades y destrezas que la cultura democrática proporciona, contribuyan a una la población que estima, valora y preserva por encima de otras consideraciones, el respeto de la persona humana y de su dignidad.

La ignorancia ciudadana es el paraíso terrenal de la opacidad en el ejercicio del poder público y ésta a su vez constituye la puerta de entrada de las pulsiones autoritarias, de la impunidad y la corrupción del Estado.

Antes que nada, entendemos que el primer paso a dar para que una persona se considere ciudadano libre y con derecho a tener derechos, exige que adquiera conciencia de sí mismo, de su igualdad y dignidad de la persona, su carácter de humano, integrante de una colectividad de semejantes, de igual valía.

Esencialmente son creencias no materiales del concepto de ciudadanía, cuyo conocimiento no se adquiere observando la naturaleza, se obtienen por ejercicio de las libertades cívicas y reflexiones, pues se trata de una condición que no es fruto de los sentidos, sino de la imaginación simbólica del ser humano, que solo puede serle útil en colectividad.

El individuo aislado, no es libre; es un salvaje sin derechos ni obligaciones sometido a satisfacer sus necesidades básicas; por otro lado, ser ciudadano y gozar de derechos, no le resulta en ningún beneficio, sino hasta que se encuentra con sus semejantes; cuando se integra a una sociedad política.

Al ser miembros de la sociedad política con matiz democrático, implica adquirir y practicar, habilidades de dialogo, con las demás personas que integran la colectividad.

Al adquirir derechos, se aceptan e interiorizan obligaciones, tales como; cultivar las destrezas de respeto, tolerancia e inclusión de lo diverso y diferente, así como de las minorías.

La aceptación de reglas de convivencia, de acceso, ejercicio y cambio de responsables de ejercer la coordinación de esfuerzos de la colectividad, requiere de ciudadanos capaces de conocer, exigir y practicar herramientas democráticas de asociación, acceso a la información pública, ejercicio del voto informado, libre y razonado.

Para ejercer y defender los derechos y estar en condición de cumplir sus obligaciones de manera óptima, es necesario conocer y practicar los principios de legalidad, del debido proceso, del juicio justo, de la libertad de expresión.

La igualdad, la no discriminación, la regla de mayoría, la representación política, el derecho de petición, las libertades de expresión, asociación, conciencia, tránsito, propiedad, ocupación u oficio y un largo etcétera de conocimiento democrático, que confluye en la formación ciudadana, que coadyuva a disminuir la ignorancia en el camino civilizatorio.             

Quiero establecer, para evitar confusiones en este ámbito conceptual, la aclaración de que la democracia representativa, si bien se trata de una construcción intelectual, no es una ideología, ni religión, o adoctrinamiento; sino que, implica la vivencia del ejercicio de derechos, el poder percibir, para sí, la noción de dignidad de la propia persona y los beneficios de los comportamientos, habilidades y destrezas para la convivencia pacífica en una colectividad política,  y por ello requiere de una  inducción formativa; enseñarse.

La construcción de ciudadanía permite combatir aspectos que, por desconocimiento o ignorancia, convierten o han convertido a las personas en siervos, súbditos e incluso esclavos sometidos a un poder superior al individuo aislado.

Enseñar a vivir y convivir en una comunidad política democrática, no puede dejarse al azar, ni en manos de poderes políticos, económicos o espirituales; sean de origen formal o fáctico; sería equivalente a entregarle a la tiranía, sin ningún medio de defensa.

Si comprendemos que la ignorancia es el campo propicio para enfermar a las democracias, entenderemos también que la mezquindad humana como suma de las diferentes formas que adquieren las miserias que conllevan las pasiones, debilidades y ambiciones del ser humano; entenderemos que la mezquindad humana es el foco de infección que enferma y lleva a la muerte de las democracias.

Conocer cuáles son las distintas manifestaciones de mezquindad del ser humano, y saber en qué circunstancias se pueden presentar, es el sistema de salud preventiva de una democracia, y el instrumento más acabado para evitar el daño a la salud del sistema democrático es la Constitución y la ley; los medicamentos que permiten curar daños por impulsos de sometimiento y ejercicio abusivo del poder.

Las flaquezas que forman la mezquindad humana son potentes tóxicos que envenenan el cuerpo social y se expresan en conductas del individuo que muchas veces denominamos vicios o ausencia de virtudes.

La indiferencia, la crueldad, la avaricia, la soberbia, la intransigencia, el engaño, la brutalidad, el engreimiento, la arbitrariedad, el abuso, la confabulación y la falsedad; constituyen los miembros más visibles del catálogo de debilidades y flaquezas que son prohijadas en la mezquindad humana.

El diseño de leyes, instituciones y procedimientos, en una democracia que busca robustecerse, se construyen tomando en consideración que son valladares que deben garantizar que ninguna de esas debilidades del entendimiento humano lograra penetrar y apropiarse del control del sistema político democrático.

Las medidas sanitarias contra cualquiera de estas enfermedades que infectan las democracias cuentan con el eficaz funcionamiento de los órganos del Estado, cuyas funciones y atribuciones se estipulan en la constitución y las leyes.

No puede emplearse como supuesto Constitucional de una democracia representativa y democrática, asumiendo que la conforman humanos desprovistos de miserias nacidas en la mezquindad, pues se condenaría a ser abortada.

Tampoco resulta razonable que alguno o algunos pocos de los integrantes del cuerpo político, se encuentren investidos de virtudes que los hagan inmunes a las tentaciones de la mezquindad.

Las normas muchas veces pueden ser quebrantadas por esos tóxicos que produce la mezquindad y dar cabida a la opresión y tiranía de una parte o de todos los miembros del cuerpo social.

Si es mucha la proliferación de la ignorancia entre los integrantes del cuerpo político, la enfermedad prende y se instala en el sistema, interrumpe su homeostasis y la democracia puede perecer de manera fulminante.

El conocimiento y la ignorancia son relativos al tiempo y al espacio, por ello la labor de formación en la construcción de ciudadanía es perenne.

Podremos disminuir nuestra ignorancia a medida que vayamos aumentando nuestra voluntad de comprender a nuestros semejantes, esa es la ventaja de la democracia, que cuenta con un factor que puede dar robustez y cohesión al cuerpo social democrático; la solidaridad, de ella hablaremos próximamente.

Contacto: eduardomtrujillo59@gmail.com